jueves, 28 de junio de 2012
PAISAJE CON ALDEA.
Querido lector:
Desde mi baluarte castellano, escribo desdeñoso de la dictadura capitalista que sufrimos todos los españolitos de a pie, a través de los ineptos lacayos políticos de la bárbara teutona con apellido mercantil. ¿Suenan exagerados mis palabros? Dice la cuarta acepción del diccionario de la RAE sobre la voz "dictadura": "gobierno que en un país impone su autoridad, violando la legislación anteriormente vigente".
Sí, ya sé que es duro estar explotado bajo las hordas capitalistas, que agreden como salvajes nuestro sistema social, cultural y sanitario, es duro no saber si mañana habrá trabajo, es durísima la incertidumbre de futuro y de vejez, que nos espera en éste país tan vapuleado, por los estafadores de siempre, que engañan a la inculta plebe para comprar su voto. Es duro que un país tan hermoso como el nuestro, esté siempre en manos de un grupo de lameculos carentes de conciencia y de consciencia.
Pero yo no me avengo aquí a llorar ni a protestar de las malolientes verguenzas que exponen sin pudor los que por la fuerza nos doblegan, sino a refrescarme en la simbólica expresión de aquél ventanal abierto al aire fresco, al vínculo a la vida, al arbitrio sensual, a la carne, al olor, a la imaginación, al goce, a la alegría de vivir, que es ¿el mayor? ¡Nooo!, el único tesoro que me hace libre y me hace impenetrable, ante las pequeñas inmundicias de la vida.
Mi querido amigo o amiga, pues ya lo eres desde el momento en que me prestas atención, es tan corta nuestra existencia, que no deberías permitir que cuatro mediocres te la amarguen. La vida es más que un trabajo o un sueldo, más que un país donde se te exprime, ¡Hay más países en el Mundo! Tu casa, aunque ya estuviera pagada, nunca es tu casa, es sólo algo material, pendiente de los achaques meteorológicos, bélicos o de la diosa Tyche. Tu verdadera casa, eres tú y tus pensamientos. No soy beato, pero cambiando donde pone "Dios" , por "Vida", he disfrutado mucho leyendo el "Castillo Interior" de Santa Teresa. Es puro gozo, que ayuda a meditar, a gozar del viento, de la existencia, que al fín y al cabo es tan efímera.
El título de mi entrada de hoy, PAISAJE CON ALDEA, representa la idea cosmogónica del Universo, aplicado al paisaje, en éste caso, un querido rincón de mi sempiterna Asturias, pero además evoca al paisanaje, que es la pequeña aldea del fondo, sumida en la vida cotidiana, en el vivir del hombre, en la relación del hombre con el hombre: Del hombre y la mujer, la mujer y la mujer, la familia, la amistad, la convivencia humana, algo tan hermoso, que casi roza la utopía, pero algo, aunque difícil, real por su propia existencia. Se trata de un retrato de dos paisajes en uno, vistos a su vez por tí, lector, el ojo que al mirar, crea todo ése paraíso mundano y a la vez maravilloso.
Yo, soñando con mi pequeña aldea, espero el momento de mi encuentro con ella ( mujer, mar y tierra a la vez y en tres versiones de renacido y jovial tríptico).
"Yo voy soñando caminos..." decía el poeta. Y "Tras el vivir y el soñar, hay una tercera cosa...¡Adivínala!"... (*)
...Ésa cosa, base de todo paganismo filosófico es, según el mismo poeta y según cada sabio y sus distintos temas, DESPERTAR.
Desde mi pequeño baluarte, te invito a que llenes conmigo tu copa con el mejor de los estoicismos y brindemos por la batalla de nuestras vidas, desde la potente armadura de nuestro CASTILLO INTERIOR.
(*)= Fragmentos de poemas y canciones de Antonio Machado.
viernes, 4 de mayo de 2012
MALDITA RISA NERVIOSA. LA TRAGEDIA EN LA ÓPERA.
Todavía me acuerdo con rubor, de aquél lejano día en que asistí al ensayo general previo al estreno de la famosa ópera de W.A. Mozart. Estaba por entonces realizando mi formación musical con la pianista doña Juana Peñalver, cuando fuí invitado a la representación de "La Flauta Mágica" gracias a la colaboración del Conservatorio, que en ocasiones reservaba cierto número de entradas para los alumnos. Como era el ensayo general previo al concierto y estaría dedicado en especial al repertorio cantado, se había decidido prescindir para éste evento de la orquesta, que iba a ser sustituída por el acompañamiento al piano de la prestigiosa pianista y profesora.
Yo estaba tan ilusionado de tener la oportunidad de escuchar ésta obra maravillosa del genio universal, que llamé en seguida a Amaya, para darle la sorpresa: El próximo sábado iríamos a disfrutar de "La Flauta Mágica".
Llegó el día de la representación y cuando llegamos al Salón de Actos del Centro Cultural, como aún era temprano, pude escoger sitio, así que para poder ver de cerca las manos de la pianista tocando, nos sentamos en un lugar cercano al piano, entre las primeras filas. Todo prometía. Estaba con mi novia de entonces, sentado junto a un escenario donde íbamos a disfrutar en breve de una de las piezas musicales más bonitas del Mundo. ¿He dicho disfrutar?
La Flauta Mágica es una pequeña ópera semihablada, o singspiel que estrenó Mozart dos meses antes de morir. Como representante del más puro clasicismo, la obra, tiene un tinte mágico y sombrío, pero a la vez está tratada con toques de humor. Como muchos de vosotros sabéis, se trata de una especie de cuento, en el que aparecen distintos protagonistas, entre ellos la maga "Reina de la Noche", un galán hechizado llamado Tamino y un personaje fantástico con aspecto de pájaro desgarbado, llamado Papageno y su novia Papagena.
Llegó el momento de la función y la pianista tocó la bonita obertura, a la que fueron sucediéndose el resto de los números. Todo iba perfectamente, bajo una interpretación magistral. Amaya y yo disfrutábamos mucho, teniendo en cuenta que llevábamos muy poquito tiempo saliendo y aún no existía la total confianza que es frecuente en las parejas veteranas.
Pero, una maldición empezó a poseerme a partir del segundo acto, en el episodio en que La Reina de la Noche comienza a clamar con ira vengativa y cuchillo en mano a su hija Pamina, en la preciosa canción: "Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen":
No sé cómo fué, el caso es que pese a estar metido en la terrible escena, empezó poco a poco a resultarme cómico el atuendo que llevaban las cantantes, disfrazadas para la función con extrañas vestimentas. Sin embargo, el aria era tan bella que no dejaba de conmoverme. Así, que me entregué sin remedio a la voluptuosidad de aquélla música prodigiosa mientras con la mirada recorría distraído toda la estancia desde las esquinas del escenario a las cantantes, desde las manos de la pianista hasta los rostros del público de las primeras butacas.
En un momento dado, mis ojos pararon en la ridícula expresión de una señora que llevaba el pelo cardado con un artificioso y trasnochado peinado de peluquería y sin saber cómo, empezó a invadirme una incontrolable risa nerviosa. Para silenciarla, decidí tragar saliva y entonces un terrible nudo húmedo se me atravesó en la garganta reseca por el ambiente de la sala. Entonces, casi a punto de ahogarme me ví obligado a regurgitar el nudo de saliva que me ahogaba y sin poder controlarlo, sonó, en el lírico ambiente, como un pequeño estruendo, el grosero ruido laríngeo que producen los bronquíticos cuando están en proceso de expulsión de una flema. El Mundo se me cayó encima y sin valor para mirar a mi alrededor, me fuí escurriendo por la butaca hacia abajo, como queriendo ser absorbido por el suelo. Cuando llegué a una posición lo suficiente atrincherada, me atreví a mirar de soslayo a Amaya, que distraída de la catarsis de la escena teatral, pasó a la escena mundana que sufría al lado suyo y, sorprendentemente, en vez de dirigirme una mirada fustigante, sus ojos me miraron con una preocupación furtiva, que cesó al tranquilizarla yo con los míos.
Todo parecía haber cedido nuevamente el protagonismo a la ópera, hasta que sin querer, volví a mirar a la señora del ridículo peinado. Parecía sentirse absoluta, bajo ésa expresión de suficiencia. En seguida noté que de la parte superior trasera del peinado, comenzaba a emerger una especie de pinza puntiaguda que la estaba desmoronando parcialmente el cardado. Parecía una pluma de Papageno. Sin saber cómo, una incontenible risa nerviosa empezó a apoderarse de mí, así que con la mayor discrección, decidí volver a atrincherarme en la butaca y taparme la cara y la boca con disimulo.
Demasiado tarde:Ahora ya los ojos de Amaya me miraban inquisitivos, igual que los de la señora que tenía al otro lado. Estaba perdido. Un músico como yo, que había sido invitado a un evento así, me estaba comportando como un adolescente de catorce años. Una terrible inercia me invadía. Me veía poseído por la absurda maldición de una risa floja, que a partir de ahí, me impedía concentrarme en el desarrollo de la trama y de la música.
A continuación, comenzaron las apariciones en escena de los emplumados y ridículos personajes, dramáticamente involucrados en su historia y yo ya no tenía más historia, que luchar contra la maldita risa tonta. Probaba distintas soluciones. Primero empecé a morderme un labio, para hacerme daño y así evitar la risa, pero resultaba extremadamente insuficiente, porque mientras contenía la risa, la cara se me iba hinchando como un globo colorado y cuando no podía más, barruntaba un estallido. Entonces probé a pellizcarme con fuerza un brazo para conmutar el dolor por la inoportuna risa que amenazaba constante y maldita. Como no era suficiente, decidí comenzar a pensar en cosas tristes, como mi precaria situación económica. Así y sin levantar la mirada del suelo, conseguí, con mucho esfuerzo, "llegar" al maravilloso duetto de amor de Papageno cuando se reencuentra felizmente con su querida Papagena. Como los dos parecían en la escena sendos pollos coloreados y medio desplumados, un indicio de la terrible tragedia que asolaba mi ser aquélla tarde, comenzó a crecer de una manera incontrolable. Entonces una desesperada carcajada salió de mí como el Etna, en un estallido implacable. Aquéllo era el fín de mi conciencia.
Sin saber cómo esconderme ni dónde mirar, me tapé la cara compulsivamente con las dos manos. Sólo deseaba una cosa en ése momento: Desaparecer. Una horda frenética de razonable público, comenzó a chistar y a protestar.
Tras el dúo de Papageno y Papagena, se fué desencadenando el final, apenas sin darme cuenta. Al terminar la función, salí escopetado, con tanto ímpetu que casi tiro al suelo a la pobre señora del ilustrado peinado. Una vez en la calle, tuve que mentir a Amaya, porque me sentía avergonzado. Le dije que algo se me atragantaba en la laringe. Ella, haciéndose cargo de la situación, fingió creerme, compasivamente.
A veces hay en la vida una especie de predestinación que nos lleva sin quererlo, a situaciones difíciles de controlar. Sucede incluso disfrutando de algo tan singular como La Flauta Mágica de W.A. Mozart, que al final es una dulce comedia.
Los dos vídeos ilustrativos proceden del archivo de you tube. La imagen principal, está publicada en las imágenes relativas a ésta ópera, en internet.
sábado, 28 de abril de 2012
LAS VERDADES DEL CANTE. HOMENAJE A TERESA LA ZAMBREÑA.
Después de tantos años de ausencia, he vuelto a recuperar el tiempo perdido de mi amistad con Antonio. La verdadera amistad, está siempre ahí, ligada al tronco de la honestidad, como la rama al árbol. Cuando es real, es algo imperecedero, con asombrosa capacidad de hibernación en espera del momento preciso para despertar.
Tras la visita que me hicieron él y Jacinto, aquél fin de semana de hace unos meses, quedamos en volver a organizar otra parecida. Éramos tres hombres libres, bueno, Jacinto a medias casi, porque estaba aún con la estéril morriña de su Julita, de la que todavía se sentía responsable por la ruptura, pese a ser pactada entre los dos. Yo le dije un día que no podemos hacer de hermanitas de la caridad. Cuando una mujer no para de reprocharte casi cualquier cosa y no acepta razones, entonces es que no hay nada. Porque es totalmente impensable razonar con ellas cuando están obcecadas en tener manía a su pareja. Él, me miró serio, pero aceptó y calló.
Hace cosa de un par de meses, me volvió a llamar Antonio. Me estuvo contando que acababa de impartir un curso en Madrid, en Caixaforum sobre las formas y las armonías en el Flamenco. A mí, que siempre me ha entusiasmado el buen arte del cante, empezó a invadirme una sana envidia. Antonio es un experto musicólogo y aquél curso, me hubiera encantado haberlo realizado. Y según se lo dije me respondió:
- No importa, tocayo. Se me había ocurrido que un fin de semana podíamos ir a Jerez, a casa de mi prima Sagrario. Ella se va de vez en cuando a Sevilla a pasar algunos días con su novio y varias veces me ha ofrecido el piso, por si quiero ir por allí. Voy a hablar con ella y organizamos una excursión por allí abajo. ¿Qué te parece?
A mí me parecía estupendo, porque siempre me gusta el Sur, el cante, el sol y las palmeras andaluzas. Cuando ya habíamos sopesado una fecha, le conté a Teresa que ése viaje me interesaba, pues íbamos a conocer a algunos cantaores y Antonio íba a explicarnos "in situ" muchas cosas sobre los distintos palos. Teresa no sé si es un ángel o es que sabe lo mucho que he padecido en el pasado, cuando estuve esclavizado en una época que afortunadamente cada vez recordaba menos. El caso es que me dijo:
-Yo también tengo muchas cosas que hacer. Recuerda que viene Laura a verme. Para tí sería aburridísimo estar entre dos mujeres. Y aún tengo que terminar el trabajo de la universidad. Así que tranquilo y disfruta del buen tiempo, que aquí en Oviedo está aún por venir.
Llegó el día y después de dejar el coche de Jacinto aparcado en mi garaje junto al mío, tiramos hacia Jerez en el de Antonio, donde llegamos cinco horas después.
Jerez sigue siendo la ciudad que me enamoró cuando de más joven la conocí en los carnavales de Cádiz, cuando Eduardo nos invitaba todos los años a su casa de El Puerto. Nunca podré olvidar la obsequiosa acogida con la que los padres y tíos de Eduardo nos agasajaban. Eran de una humanidad tan cercana y familiar que es inolvidable. Fueron unos años maravillosos. Pero después de tanto tiempo, me he podido echar las manos a la cabeza al ver la gran escabechina que el afán de construir había ido provocando en algunos puntos emblemáticos de una de las ciudades más encantadoras del Mundo.
Era de noche y acabábamos de cenar en un bar familiar. Yo recordaba un tablao muy acogedor donde estuvimos antaño, que no era para turistas. Sabía que estaba por la Plaza del Mercado, en la antigua barriada de San Mateo.
-Como no "cea" "El Lagá de Tio Parrilla..."- me contestó un paisano con una dulce entonación. Efectivamente, me sonaba el nombre del lugar. Y al pasar, lo reconocí en seguida. Y me acordé de Ramona. Y pensé en el tiempo, que se desliza como un fugitivo.
Nos sentamos, en una especie de mesa camilla, no cerca del escenario y por llevar la contra caprichosamente pedí una botella de manzanilla. El Jerez ya se me hace demasiado fuerte con los años.
-Antonio, no sabes lo que me alegra estar aquí.- le dije emotivamente-Si no es por la generosidad de Sagrario...
-¡Bah!, para ella no tiene importancia.-Me interrumpió.- Dice que prefiere que el piso no se quede sólo, ahora que hay tantos robos. Si casi la hacemos un favor.
- ¡Es verdad!- dijo Jacinto riendo, irónico- Yo casi que vengo por éso, por hacer un favor a tu prima, que si no...
-Sí, es verdad;-sonreí-Pero yo que soy un pobre profesor de pueblo, víctima del Estado y de la caótica Justicia española, condenado como miles de hombres honrados por una patética resolución a ser abusivamente esquilmado en su salario para... ya sabéis por qué. Pero en el fondo no voy a quejarme, ¡Siempre hay almas caritativas que me ofrecen su casa para salir de viaje! En éso soy un tío con suerte.
Estaba terminando mi soliloquio, cuando apareció en el entarimado, una graciosa y espigada morena, seguida de un mantecoso guitarrista maduro.
-En "homenahe" a "Tereza la Zambreña", que "eztuvo" por aquí en "lo" "ocenta" y pico, "imprecionándono" con "zu" cante. ¡Con "tóo" el cariño, Zambreña!
Empezó la guitarra con una introducción en una forma como de fandango de Alosno, que removía las entrañas por su emotivo dinamismo.
-"Tre le re le re le re le..." - comenzó a entonar la diosa.
-"Cobardía...
niña, la que escondes dentro
gitana, desaboría;
entraste en mi pensamiento
y saliste de mi vía
sin sentir padecimiento.
Eres tan aventurera
tan frívola y tan galana
que queriéndote, gitana
te ríes de mis quimeras,
te diviertes y te vales
de tus oscuras maneras .
Canta con triste cadencia
un ruiseñor en el árbol,
con éste cantar, llorando:
-"Siendo pájaros cantores
¡Qué pena de vida mía,
ser pequeños ruiseñores!"
Inmediatamente se oyó un vitoreo acogedor. Siguió la niña con sus cantes y nosotros seguimos nuestra charla entre tragos del oro de Sanlúcar y risas.
-"La Vida es como la describen éstos cantes- Dijo Antonio convencido.- El tema es estar dotado de cierto eclecticismo que contrarreste los instintos básicos del sentimiento."
La verdad, es que tenía razón.
Tras la visita que me hicieron él y Jacinto, aquél fin de semana de hace unos meses, quedamos en volver a organizar otra parecida. Éramos tres hombres libres, bueno, Jacinto a medias casi, porque estaba aún con la estéril morriña de su Julita, de la que todavía se sentía responsable por la ruptura, pese a ser pactada entre los dos. Yo le dije un día que no podemos hacer de hermanitas de la caridad. Cuando una mujer no para de reprocharte casi cualquier cosa y no acepta razones, entonces es que no hay nada. Porque es totalmente impensable razonar con ellas cuando están obcecadas en tener manía a su pareja. Él, me miró serio, pero aceptó y calló.
Hace cosa de un par de meses, me volvió a llamar Antonio. Me estuvo contando que acababa de impartir un curso en Madrid, en Caixaforum sobre las formas y las armonías en el Flamenco. A mí, que siempre me ha entusiasmado el buen arte del cante, empezó a invadirme una sana envidia. Antonio es un experto musicólogo y aquél curso, me hubiera encantado haberlo realizado. Y según se lo dije me respondió:
- No importa, tocayo. Se me había ocurrido que un fin de semana podíamos ir a Jerez, a casa de mi prima Sagrario. Ella se va de vez en cuando a Sevilla a pasar algunos días con su novio y varias veces me ha ofrecido el piso, por si quiero ir por allí. Voy a hablar con ella y organizamos una excursión por allí abajo. ¿Qué te parece?
A mí me parecía estupendo, porque siempre me gusta el Sur, el cante, el sol y las palmeras andaluzas. Cuando ya habíamos sopesado una fecha, le conté a Teresa que ése viaje me interesaba, pues íbamos a conocer a algunos cantaores y Antonio íba a explicarnos "in situ" muchas cosas sobre los distintos palos. Teresa no sé si es un ángel o es que sabe lo mucho que he padecido en el pasado, cuando estuve esclavizado en una época que afortunadamente cada vez recordaba menos. El caso es que me dijo:
-Yo también tengo muchas cosas que hacer. Recuerda que viene Laura a verme. Para tí sería aburridísimo estar entre dos mujeres. Y aún tengo que terminar el trabajo de la universidad. Así que tranquilo y disfruta del buen tiempo, que aquí en Oviedo está aún por venir.
Llegó el día y después de dejar el coche de Jacinto aparcado en mi garaje junto al mío, tiramos hacia Jerez en el de Antonio, donde llegamos cinco horas después.
Jerez sigue siendo la ciudad que me enamoró cuando de más joven la conocí en los carnavales de Cádiz, cuando Eduardo nos invitaba todos los años a su casa de El Puerto. Nunca podré olvidar la obsequiosa acogida con la que los padres y tíos de Eduardo nos agasajaban. Eran de una humanidad tan cercana y familiar que es inolvidable. Fueron unos años maravillosos. Pero después de tanto tiempo, me he podido echar las manos a la cabeza al ver la gran escabechina que el afán de construir había ido provocando en algunos puntos emblemáticos de una de las ciudades más encantadoras del Mundo.
Era de noche y acabábamos de cenar en un bar familiar. Yo recordaba un tablao muy acogedor donde estuvimos antaño, que no era para turistas. Sabía que estaba por la Plaza del Mercado, en la antigua barriada de San Mateo.
-Como no "cea" "El Lagá de Tio Parrilla..."- me contestó un paisano con una dulce entonación. Efectivamente, me sonaba el nombre del lugar. Y al pasar, lo reconocí en seguida. Y me acordé de Ramona. Y pensé en el tiempo, que se desliza como un fugitivo.
Nos sentamos, en una especie de mesa camilla, no cerca del escenario y por llevar la contra caprichosamente pedí una botella de manzanilla. El Jerez ya se me hace demasiado fuerte con los años.
-Antonio, no sabes lo que me alegra estar aquí.- le dije emotivamente-Si no es por la generosidad de Sagrario...
-¡Bah!, para ella no tiene importancia.-Me interrumpió.- Dice que prefiere que el piso no se quede sólo, ahora que hay tantos robos. Si casi la hacemos un favor.
- ¡Es verdad!- dijo Jacinto riendo, irónico- Yo casi que vengo por éso, por hacer un favor a tu prima, que si no...
-Sí, es verdad;-sonreí-Pero yo que soy un pobre profesor de pueblo, víctima del Estado y de la caótica Justicia española, condenado como miles de hombres honrados por una patética resolución a ser abusivamente esquilmado en su salario para... ya sabéis por qué. Pero en el fondo no voy a quejarme, ¡Siempre hay almas caritativas que me ofrecen su casa para salir de viaje! En éso soy un tío con suerte.
Estaba terminando mi soliloquio, cuando apareció en el entarimado, una graciosa y espigada morena, seguida de un mantecoso guitarrista maduro.
-En "homenahe" a "Tereza la Zambreña", que "eztuvo" por aquí en "lo" "ocenta" y pico, "imprecionándono" con "zu" cante. ¡Con "tóo" el cariño, Zambreña!
Empezó la guitarra con una introducción en una forma como de fandango de Alosno, que removía las entrañas por su emotivo dinamismo.
-"Tre le re le re le re le..." - comenzó a entonar la diosa.
-"Cobardía...
niña, la que escondes dentro
gitana, desaboría;
entraste en mi pensamiento
y saliste de mi vía
sin sentir padecimiento.
Eres tan aventurera
tan frívola y tan galana
que queriéndote, gitana
te ríes de mis quimeras,
te diviertes y te vales
de tus oscuras maneras .
Canta con triste cadencia
un ruiseñor en el árbol,
con éste cantar, llorando:
-"Siendo pájaros cantores
¡Qué pena de vida mía,
ser pequeños ruiseñores!"
Inmediatamente se oyó un vitoreo acogedor. Siguió la niña con sus cantes y nosotros seguimos nuestra charla entre tragos del oro de Sanlúcar y risas.
-"La Vida es como la describen éstos cantes- Dijo Antonio convencido.- El tema es estar dotado de cierto eclecticismo que contrarreste los instintos básicos del sentimiento."
La verdad, es que tenía razón.
sábado, 21 de abril de 2012
POR QUÉ DESCANSAN LOS MUERTOS.
Enrique nació en el marinero pueblo de Peñíscola, en un nebuloso día de Marzo. De familia arraigada en rancia solera, no se esperaba de él menos de lo que hubiera esperado un patricio romano, comparado con los vetustos ancestros.
Era pues, que Enrique fue preparado desde el remoto umbral de su existencia para el triunfo; quijotesco triunfo en un mundo enajenado por la esterilidad de la envidia, y de la "letra pequeña", a guisa de la autenticidad documental.
Pero, en el punto de partida, su suerte fue buena. Recluido en camarote de lujo, el barco de su vida partía raudo ya en su adolescencia, por los mares verdes y azules y de ésos años, en que el olor a brea o el del trigo seco de interior inunda el pecho, e inflama el alma.
Sentía ser artista y guiado por el camino de su impulso, lidiaría combates que depararían en honrosas victorias al principio. Luego, como el arte del espíritu y el de sobrellevar la vida siempre a flote encajan mal en un mismo retrato, comenzaron pronto a aflorar los problemas de la fricción con la mezquina necedad mundana.
Enrique dibujaba por vocación. Sentía la necesidad de plasmar su alrededor, sobre cuartillas, o de retratar su impresión de los contrastes en un lienzo.
Era demasiado joven para la fama y bueno en exceso para ser reconocido, pero en un principio gustaba su manera de plasmar y atraía su encanto personal.
El público aficionado, compuesto básicamente de familiares y amigos y, circunstancialmente conocidos, disfrutaba con su estilo. No se sabe bien si ése entorno era su persona o su obra, a fin de cuentas era lo mismo.
Animado por sus gentes, comenzó a exponer en pequeñas galerías provinciales. Ya había decorado las paredes de la Casa de Cultura de su pueblo; también había expuesto en aquél pub inglés de Benicassim y había logrado vender originales, cosa que le embriagó peligrosamente más de lo justo y le lanzó a Madrid, donde una vertiginosa fauna de buitres acechaba, hambrienta de las ilusiones de sus jóvenes víctimas.
En Madrid conoció la pedantería y con ella la crueldad y la envidia personificada en docenas de intelectuales "de pacotilla" y gacetilleros baratos y así, poco a poco sufrió el primer veneno, que punzando en su optimista espíritu juvenil, comenzaba a gangrenar, sin apenas percibirlo, su ardiente empuje hacia la Vida.
Su más firme propósito al llegar a Madrid era ingresar en la Escuela Oficial de Bellas Artes. Afanoso y tan seguro de su valía como se suele estar en la juventud, se presentó a las pruebas. Pero fracasó, conociendo así la frustración. Era el Mundo que, lejos de su cálido entorno familiar, le aguardaba con la misma sonrisa irónica de siempre, con una imaginada alegría de gesto mal disimulado, que ahora ahogaba a su joven víctima.
Enrique no había sido aceptado: demasiado autodidacta, falta de técnica, demasiada ambigüedad, no se sabe de qué. El caso es que no había plaza para él en Bellas Artes. Como llorar se llora, Enrique lloró aquél día.
Una mañana tibia de Abril, después de pasar unos días en Madrid, para visitar el Museo Lázaro Galdiano, el Sorolla, el Romántico, el Prado, el Retiro y el Jardín Botánico, lugares éstos dos en los que había estado tardes enteras dibujando fuentes, paseos y perspectivas entre plátanos y gorriones, Enrique cogió el tren rumbo a Levante y regresó al pueblo.
Las primeras semanas tras su regreso, estaba ensimismado. Paseaba y no veía el mar, lo oía, pero no lo escuchaba como antaño, pese a que las gaviotas le ensordecían. Así quedaba apartado de todo, en una especie de débil destierro.
Por fin, un día comenzó a rehacerse. Sus padres, que sufrían al verle atormentado y silencioso, le notaban hogaño alegre y febril. Se esmeraron entonces en sobreprotegerle, lo que al principio le hizo sentirse bien. Pero pronto comenzó a explicarles que a sus dieciocho años ya no era un niño indefenso, sino un joven, que aunque inexperto, no iba a amilanarse.
Siguió pintando, paseaba, dibujaba, leía. El mundo siguió indiferente, pocas veces alabando, muchas desdeñando. Así pasaron dos años.
Una mañana de Mayo, volvió a Madrid. Como era un poco romántico y bastante extravagante, quiso probar la experiencia de antiguos héroes literarios casi pasados de moda de instalarse en alguna pensión antigua del Madrid antiguo. Encontró una algo cutre y bastante económica por Tirso de Molina y se instaló allí. Como tenía algo ahorrado de los pequeños trabajillos que realizaba en el pueblo restaurando y pintando barcos, decidió emplearlo en sobrevivir intentando abrirse camino en Madrid.
Ésta vez consiguió entrar como alumno de la Academia. Allí trabajó bastante en la pintura por las mañanas y en lo que podía durante el resto del día. Trabajó en un bar, en un servicio de catering, haciendo dibujos en la calle, tras conseguir disputarse un hueco entre aquéllos que ya la tenían ocupada. Así pasó un curso entero, en el que los meses desfilaban insípidos e insulsos, tras el cual obtuvo el diploma de primer grado, pero con una calificación mediana. Nuevamente Enrique sintió herido su orgullo de artista, por el tenue resultado tras su esfuerzo, de todo aquél año.
Regresó al pueblo una mañana de Junio, llena de sol y de gaviotas. Su humor se había apaciguado. Contento de ver nuevamente a los suyos, ahora se sentía como en una gran fiesta. Pero a los pocos días, el iris de sus ojos comenzó a oscurecer, mientras la sonrisa se iba desdibujando progresivamente de su rostro. La melancolía comenzó a invadir a Enrique.
Pasó el verano y visto lo mucho que habían menguado sus ahorros, decidió quedarse en el pueblo unos años. Ahora no podía permitirse la vida anterior de Madrid, donde había llegado incluso a pasar hambre, que tuvo que saciar en ocasiones a la desesperada, a base de grandes bolsas de palomitas, que a falta de alimento, al menos le daban cierta sensación de saciedad. Aquélla era una vida sin sentido y aunque había hecho amigos, su amistad no era lo suficiente seria para compensarle. Además aquí en el pueblo, por medio de unos conocidos de su padre, le había surgido un trabajillo en el embarcadero. Era una mezcla de tareas entre vigilante, conservador y restaurador de naves; algo que al menos le permitía sentirse medianamente digno, pues era un hombre orgulloso y aunque joven, se consideraba demasiado independiente. Para sus padres aquélla situación no dejaba de ser triste, sobre todo cuando echaban una mirada a su propia pretérita juventud, tan próspera como lejana.
Pasaron unos años. Una mañana de Julio, estaba leyendo el periódico, cuando vio en la sección de cultura la fotografía de su compañero de la Academia, Adolfo. Resultaba que le habían dado el premio especial de la Escuela por una obra que aparecía reproducida en segundo plano, de una laboriosidad complicada, aunque de una expresividad obtusa e inerte. Pese a sentirse congratulado por el triunfo merecido de su antiguo compañero, algo espeso se removió en él, pues él mismo sabía su valor como artista, quizá más etéreo y menos técnico, pero por ello más genuino.
Enrique era artista, pero el Mundo era mundo y la suerte jugaba sus fichas. Sólo un triste diploma, obtenido con tesón, reconocía a duras penas y con mediocridad su habilidad pictórica. ¿Era aquello justo? Algo muy profundo se reveló en él.
Un día de Agosto al anochecer, tamizada la canícula por una leve brisa crepuscular, hizo acopio de sus carretes, pinturas y lienzos, de sus mejores libros y un par de cuadernos y con un buen equipaje, se despidió y partió a Madrid, de nuevo. Pero el final del trayecto no era la Villa, sino un repentinamente proyectado viaje de vacaciones, que hace meses tenía en mente: Al día siguiente, Enrique partió desde Barajas a Egipto. Allí pasó el verano.
En el mes de Agosto, los bosques de palmeras llamean bajo el sofocante calor, a las dos orillas del Nilo. Hacia las cuatro y media de la mañana, el sol comienza alegre a dorar los paisajes selváticos y las primeras aves entonan caprichosas sus sones. Aquél viaje le devolvió parte de la alegría. Allí aprendió mucho sobre las diferentes gamas de tonalidades, de sombras, figuras y colores. Pero lo más importante es que aprendió a vivir mejor, disfrutando el momento y los pequeños regalos de las horas del día.
Han pasado más de tres decenios. Y con ellos se han difuminado muchos sufrimientos y algunas alegrías. Enrique, huérfano ya, maduro y resignado consigo mismo y con su entorno, vive acomodadamente con Cristina, su hermosa mujer y sus dos retoños adolescentes. En el salón de la mansión, frente a las llamas de un acogedor hogar alimentado por viejas vigas de madera, hechas trozos para la lumbre, Enrique ríe desenfadado por la ocurrencia pueril de uno de sus vástagos. La televisión relumbra en las caras familiares, mientras Cristina lee su revista preferida de modas, embebida en algún artículo y casi ajena a la pobre algarabía familiar. Las vigas arden en el hogar casi risueñas en su crepitar, con una aparente risa sarcástica cargada de ironía expresada en chasquidos entre el fuego. Eran las vigas de la vieja casa familiar, donde siendo niño, urdió Enrique sus primeros sueños de artista. La vieja casa de un viejo pueblo costero, aletargado cabe la colina entre casas encaladas frente al mar.
Pero los sueños duermen y la vida pasa. Progresó Enrique, ganó mucho dinero; se había casado y estaba instalado cerca de Madrid en un buen chalet adosado muy bien comunicado.
Pasó el mar, pasaron los sueños, pasó la vida; y llegó una calma austera y anodina, símbolo del progreso...
Enrique nació en el marinero pueblo de Peñíscola, en un nebuloso día de Marzo. De familia arraigada en rancia solera, no se esperaba de él menos de lo que hubiera esperado un patricio romano, comparado con los vetustos ancestros.
Era pues, que Enrique fue preparado desde el remoto umbral de su existencia para el triunfo; quijotesco triunfo en un mundo enajenado por la esterilidad de la envidia, y de la "letra pequeña", a guisa de la autenticidad documental.
Pero, en el punto de partida, su suerte fue buena. Recluido en camarote de lujo, el barco de su vida partía raudo ya en su adolescencia, por los mares verdes y azules y de ésos años, en que el olor a brea o el del trigo seco de interior inunda el pecho, e inflama el alma.
Sentía ser artista y guiado por el camino de su impulso, lidiaría combates que depararían en honrosas victorias al principio. Luego, como el arte del espíritu y el de sobrellevar la vida siempre a flote encajan mal en un mismo retrato, comenzaron pronto a aflorar los problemas de la fricción con la mezquina necedad mundana.
Enrique dibujaba por vocación. Sentía la necesidad de plasmar su alrededor, sobre cuartillas, o de retratar su impresión de los contrastes en un lienzo.
Era demasiado joven para la fama y bueno en exceso para ser reconocido, pero en un principio gustaba su manera de plasmar y atraía su encanto personal.
El público aficionado, compuesto básicamente de familiares y amigos y, circunstancialmente conocidos, disfrutaba con su estilo. No se sabe bien si ése entorno era su persona o su obra, a fin de cuentas era lo mismo.
Animado por sus gentes, comenzó a exponer en pequeñas galerías provinciales. Ya había decorado las paredes de la Casa de Cultura de su pueblo; también había expuesto en aquél pub inglés de Benicassim y había logrado vender originales, cosa que le embriagó peligrosamente más de lo justo y le lanzó a Madrid, donde una vertiginosa fauna de buitres acechaba, hambrienta de las ilusiones de sus jóvenes víctimas.
En Madrid conoció la pedantería y con ella la crueldad y la envidia personificada en docenas de intelectuales "de pacotilla" y gacetilleros baratos y así, poco a poco sufrió el primer veneno, que punzando en su optimista espíritu juvenil, comenzaba a gangrenar, sin apenas percibirlo, su ardiente empuje hacia la Vida.
Su más firme propósito al llegar a Madrid era ingresar en la Escuela Oficial de Bellas Artes. Afanoso y tan seguro de su valía como se suele estar en la juventud, se presentó a las pruebas. Pero fracasó, conociendo así la frustración. Era el Mundo que, lejos de su cálido entorno familiar, le aguardaba con la misma sonrisa irónica de siempre, con una imaginada alegría de gesto mal disimulado, que ahora ahogaba a su joven víctima.
Enrique no había sido aceptado: demasiado autodidacta, falta de técnica, demasiada ambigüedad, no se sabe de qué. El caso es que no había plaza para él en Bellas Artes. Como llorar se llora, Enrique lloró aquél día.
Una mañana tibia de Abril, después de pasar unos días en Madrid, para visitar el Museo Lázaro Galdiano, el Sorolla, el Romántico, el Prado, el Retiro y el Jardín Botánico, lugares éstos dos en los que había estado tardes enteras dibujando fuentes, paseos y perspectivas entre plátanos y gorriones, Enrique cogió el tren rumbo a Levante y regresó al pueblo.
Las primeras semanas tras su regreso, estaba ensimismado. Paseaba y no veía el mar, lo oía, pero no lo escuchaba como antaño, pese a que las gaviotas le ensordecían. Así quedaba apartado de todo, en una especie de débil destierro.
Por fin, un día comenzó a rehacerse. Sus padres, que sufrían al verle atormentado y silencioso, le notaban hogaño alegre y febril. Se esmeraron entonces en sobreprotegerle, lo que al principio le hizo sentirse bien. Pero pronto comenzó a explicarles que a sus dieciocho años ya no era un niño indefenso, sino un joven, que aunque inexperto, no iba a amilanarse.
Siguió pintando, paseaba, dibujaba, leía. El mundo siguió indiferente, pocas veces alabando, muchas desdeñando. Así pasaron dos años.
Una mañana de Mayo, volvió a Madrid. Como era un poco romántico y bastante extravagante, quiso probar la experiencia de antiguos héroes literarios casi pasados de moda de instalarse en alguna pensión antigua del Madrid antiguo. Encontró una algo cutre y bastante económica por Tirso de Molina y se instaló allí. Como tenía algo ahorrado de los pequeños trabajillos que realizaba en el pueblo restaurando y pintando barcos, decidió emplearlo en sobrevivir intentando abrirse camino en Madrid.
Ésta vez consiguió entrar como alumno de la Academia. Allí trabajó bastante en la pintura por las mañanas y en lo que podía durante el resto del día. Trabajó en un bar, en un servicio de catering, haciendo dibujos en la calle, tras conseguir disputarse un hueco entre aquéllos que ya la tenían ocupada. Así pasó un curso entero, en el que los meses desfilaban insípidos e insulsos, tras el cual obtuvo el diploma de primer grado, pero con una calificación mediana. Nuevamente Enrique sintió herido su orgullo de artista, por el tenue resultado tras su esfuerzo, de todo aquél año.
Regresó al pueblo una mañana de Junio, llena de sol y de gaviotas. Su humor se había apaciguado. Contento de ver nuevamente a los suyos, ahora se sentía como en una gran fiesta. Pero a los pocos días, el iris de sus ojos comenzó a oscurecer, mientras la sonrisa se iba desdibujando progresivamente de su rostro. La melancolía comenzó a invadir a Enrique.
Pasó el verano y visto lo mucho que habían menguado sus ahorros, decidió quedarse en el pueblo unos años. Ahora no podía permitirse la vida anterior de Madrid, donde había llegado incluso a pasar hambre, que tuvo que saciar en ocasiones a la desesperada, a base de grandes bolsas de palomitas, que a falta de alimento, al menos le daban cierta sensación de saciedad. Aquélla era una vida sin sentido y aunque había hecho amigos, su amistad no era lo suficiente seria para compensarle. Además aquí en el pueblo, por medio de unos conocidos de su padre, le había surgido un trabajillo en el embarcadero. Era una mezcla de tareas entre vigilante, conservador y restaurador de naves; algo que al menos le permitía sentirse medianamente digno, pues era un hombre orgulloso y aunque joven, se consideraba demasiado independiente. Para sus padres aquélla situación no dejaba de ser triste, sobre todo cuando echaban una mirada a su propia pretérita juventud, tan próspera como lejana.
Pasaron unos años. Una mañana de Julio, estaba leyendo el periódico, cuando vio en la sección de cultura la fotografía de su compañero de la Academia, Adolfo. Resultaba que le habían dado el premio especial de la Escuela por una obra que aparecía reproducida en segundo plano, de una laboriosidad complicada, aunque de una expresividad obtusa e inerte. Pese a sentirse congratulado por el triunfo merecido de su antiguo compañero, algo espeso se removió en él, pues él mismo sabía su valor como artista, quizá más etéreo y menos técnico, pero por ello más genuino.
Enrique era artista, pero el Mundo era mundo y la suerte jugaba sus fichas. Sólo un triste diploma, obtenido con tesón, reconocía a duras penas y con mediocridad su habilidad pictórica. ¿Era aquello justo? Algo muy profundo se reveló en él.
Un día de Agosto al anochecer, tamizada la canícula por una leve brisa crepuscular, hizo acopio de sus carretes, pinturas y lienzos, de sus mejores libros y un par de cuadernos y con un buen equipaje, se despidió y partió a Madrid, de nuevo. Pero el final del trayecto no era la Villa, sino un repentinamente proyectado viaje de vacaciones, que hace meses tenía en mente: Al día siguiente, Enrique partió desde Barajas a Egipto. Allí pasó el verano.
En el mes de Agosto, los bosques de palmeras llamean bajo el sofocante calor, a las dos orillas del Nilo. Hacia las cuatro y media de la mañana, el sol comienza alegre a dorar los paisajes selváticos y las primeras aves entonan caprichosas sus sones. Aquél viaje le devolvió parte de la alegría. Allí aprendió mucho sobre las diferentes gamas de tonalidades, de sombras, figuras y colores. Pero lo más importante es que aprendió a vivir mejor, disfrutando el momento y los pequeños regalos de las horas del día.
Han pasado más de tres decenios. Y con ellos se han difuminado muchos sufrimientos y algunas alegrías. Enrique, huérfano ya, maduro y resignado consigo mismo y con su entorno, vive acomodadamente con Cristina, su hermosa mujer y sus dos retoños adolescentes. En el salón de la mansión, frente a las llamas de un acogedor hogar alimentado por viejas vigas de madera, hechas trozos para la lumbre, Enrique ríe desenfadado por la ocurrencia pueril de uno de sus vástagos. La televisión relumbra en las caras familiares, mientras Cristina lee su revista preferida de modas, embebida en algún artículo y casi ajena a la pobre algarabía familiar. Las vigas arden en el hogar casi risueñas en su crepitar, con una aparente risa sarcástica cargada de ironía expresada en chasquidos entre el fuego. Eran las vigas de la vieja casa familiar, donde siendo niño, urdió Enrique sus primeros sueños de artista. La vieja casa de un viejo pueblo costero, aletargado cabe la colina entre casas encaladas frente al mar.
Pero los sueños duermen y la vida pasa. Progresó Enrique, ganó mucho dinero; se había casado y estaba instalado cerca de Madrid en un buen chalet adosado muy bien comunicado.
Pasó el mar, pasaron los sueños, pasó la vida; y llegó una calma austera y anodina, símbolo del progreso...
Han pasado algunos años. Unas navidades Estela recibió una felicitación de Año Nuevo de su hermano, engalanada en una feliz ilustración de un decorado navideño, en la que se podía leer:
"Mis mejores deseos para el Nuevo Año, ¡que tengamos siempre buena la salud hasta el fin de nuestros días!"
Tu hermano, Diego.
P.D. (Posdata): "Éstos días he vuelto a recordar a papá. Jamás tuvo un contratiempo. Y su muerte tan dulce, ajena al sufrimiento. Tan ajeno estaba que ni pudo darse cuenta.
Respecto a la venta del chalet, me temo que vamos a tener que armarnos de paciencia. Parece ser que se avecina una gran crisis."
martes, 17 de abril de 2012
JAQUE MATE A LA MONARQUÍA.
La misma fecha de la tan recordada tragedia del Titanic, nos trae a la mente la onomástica de aquélla feliz noticia que en su día hizo saltar de júbilo a cientos de miles de españoles: Se trata del destierro de AlfonsoXIII, aquél señorito caprichoso que se servía de España a su gusto como si fuese su chambao particular. Aquélla huída vergonzosa provocada por el malestar de un pueblo harto de aguantar abusos por parte de muchos poderosos, trajo una efímera sensación de modernidad en la España de la incipiente República. Grandes intelectuales salieron a las balconadas de los Ayuntamientos y Diputaciones de toda España para celebrar el final de la Monarquía.
Pero la sublevación militar del 36 y los interminables años que siguieron hasta la muerte de Franco iban a despertar a España del ya lejano sueño de modernidad en el que el 14 de Abril del 31 parecía sumergirse con vehemencia. Cuando el dictador muere, nos deja preparado a su elección y saltándose a la torera la línea sucesoria, de nuevo la monarquía, en manos de su obediente y atento Juan Carlos, príncipe a la sazón. Éste, en vez de reconsiderar la orden del Caudillo y reclamar la corona con valentía y justicia para su padre, don Juan, que había prácticamente sido expulsado de España, acató servil las órdenes impuestas por el dictador.
Así, pasaba España de la monarquía a..... la Monarquía impuesta por un dictador. Se objetaron miles de excusas: que si un monarca nos sacaría de otra posible guerra, que si el país quedaría gobernado en paz, que si ..., que si..., ¡Qué sé yo la cantidad de excusas ovejiles! Excusas que mostraban el miedo de una nación gobernada paternalistamente durante casi medio siglo seguido.
Es bueno hacer memoria de vez en cuando para refrescar los acontecimientos a nosotros mismos y para enseñar a los jóvenes, muchos de los cuales hoy en día no saben ni quién fué Franco.
Éste rey impuesto ha sido justificado cuando el Golpe de Estado del 81, como resorte apaciguador. Pero ello es símplemente porque la máxima autoridad militar en el momento era la del rey. Pero si no hubiera habido monarca, la autoridad recaería en otro mando, que también, seguramente hubiera detenido el Golpe. No hay que buscar excusas pueriles, que somos mayorcitos los que conocemos los hechos porque los hemos vivido.
En un país que se muere de asco arruinado por el paro y la precariedad a todos los niveles, no consigo saber cuál es la misión del Rey Juan Carlos. Sabemos e imaginamos, el chorro de millones de euros que cuesta mantener a éste individuo y a su real familia. Sabemos que sus casas, sus yates, sus caprichos, sus protocolos, sus nóminas (¿es que trabajan los reyes?) son una herida constante en el corazón de España, que pagamos todos los españoles.
Bueno, claro, ahora que los malditos políticos del PSOE y del PP, llevan un tiempo haciéndonos perder nuestros derechos ciudadanos cuando acceden al poder, para ir situándonos progresivamente en la exclavitud de la Edad Media, ahora sí que pegan los reyes. Lo que pasa es que los reyes medievales a pesar de ser unos déspotas, se lo curraban. En vez de irse a cazar elefantes en cacerías totalmente preparadas, se unían a sus huestes en grandes y peligrosas batallas, en las cuales, víctimas de su arrojo, perdían algunos la vida.
Estamos en un país en el que se recortan millones en Sanidad y en Educación, pero ni se cuestiona la utilidad de mantener a la Casa Real. Así nos va. En ése aspecto es vergonzoso ser español. Igual que me avergonzaría ser inglés por la misma cuestión, aunque nos separe un abismo en ellos. El Estado es muy moderno para lo que quiere. ¿Porqué España sigue siendo un país servil? SÓLAMENTE UN REFERÉNDUM PARA DECIDIR SI HABRÍA QUE DAR JAQUE MATE A LA MONARQUÍA, DADA LA COYUNTURA ACTUAL DE NUESTRO PAÍS, SERÍA LO JUSTO Y LO CORRECTO.
Pero la sublevación militar del 36 y los interminables años que siguieron hasta la muerte de Franco iban a despertar a España del ya lejano sueño de modernidad en el que el 14 de Abril del 31 parecía sumergirse con vehemencia. Cuando el dictador muere, nos deja preparado a su elección y saltándose a la torera la línea sucesoria, de nuevo la monarquía, en manos de su obediente y atento Juan Carlos, príncipe a la sazón. Éste, en vez de reconsiderar la orden del Caudillo y reclamar la corona con valentía y justicia para su padre, don Juan, que había prácticamente sido expulsado de España, acató servil las órdenes impuestas por el dictador.
Así, pasaba España de la monarquía a..... la Monarquía impuesta por un dictador. Se objetaron miles de excusas: que si un monarca nos sacaría de otra posible guerra, que si el país quedaría gobernado en paz, que si ..., que si..., ¡Qué sé yo la cantidad de excusas ovejiles! Excusas que mostraban el miedo de una nación gobernada paternalistamente durante casi medio siglo seguido.
Es bueno hacer memoria de vez en cuando para refrescar los acontecimientos a nosotros mismos y para enseñar a los jóvenes, muchos de los cuales hoy en día no saben ni quién fué Franco.
Éste rey impuesto ha sido justificado cuando el Golpe de Estado del 81, como resorte apaciguador. Pero ello es símplemente porque la máxima autoridad militar en el momento era la del rey. Pero si no hubiera habido monarca, la autoridad recaería en otro mando, que también, seguramente hubiera detenido el Golpe. No hay que buscar excusas pueriles, que somos mayorcitos los que conocemos los hechos porque los hemos vivido.
En un país que se muere de asco arruinado por el paro y la precariedad a todos los niveles, no consigo saber cuál es la misión del Rey Juan Carlos. Sabemos e imaginamos, el chorro de millones de euros que cuesta mantener a éste individuo y a su real familia. Sabemos que sus casas, sus yates, sus caprichos, sus protocolos, sus nóminas (¿es que trabajan los reyes?) son una herida constante en el corazón de España, que pagamos todos los españoles.
Bueno, claro, ahora que los malditos políticos del PSOE y del PP, llevan un tiempo haciéndonos perder nuestros derechos ciudadanos cuando acceden al poder, para ir situándonos progresivamente en la exclavitud de la Edad Media, ahora sí que pegan los reyes. Lo que pasa es que los reyes medievales a pesar de ser unos déspotas, se lo curraban. En vez de irse a cazar elefantes en cacerías totalmente preparadas, se unían a sus huestes en grandes y peligrosas batallas, en las cuales, víctimas de su arrojo, perdían algunos la vida.
Estamos en un país en el que se recortan millones en Sanidad y en Educación, pero ni se cuestiona la utilidad de mantener a la Casa Real. Así nos va. En ése aspecto es vergonzoso ser español. Igual que me avergonzaría ser inglés por la misma cuestión, aunque nos separe un abismo en ellos. El Estado es muy moderno para lo que quiere. ¿Porqué España sigue siendo un país servil? SÓLAMENTE UN REFERÉNDUM PARA DECIDIR SI HABRÍA QUE DAR JAQUE MATE A LA MONARQUÍA, DADA LA COYUNTURA ACTUAL DE NUESTRO PAÍS, SERÍA LO JUSTO Y LO CORRECTO.
sábado, 14 de abril de 2012
"RES, NON VERBA", O EL PODER DE LA ACCIÓN.

En toda nación, la obligación y única función del Estado es velar por los intereses comunes de sus ciudadanos. Ésta función ha ido degradándose progresivamente hasta conseguir que el Estado se haya convertido en el mayordomo síndico de los grandes poderes económicos, ejerciendo de fiel vasallo del elemento capitalista y actuando en pro de éste contra los intereses del pueblo, si con ello incrementa la economía. Pero la economía, ¿de quien? Por supuesto, no la del polite o ciudadano a quien debería representar, sino la de los grandes capitalismos representados en las bolsas, en las agencias de calificación económica, en el FMI.
Es muy triste y lamentable que en los sistemas educativos actuales (elegidos por los gobernantes de turno, exactamente igual que durante la represión franquista) no se integre seriamente el conocimiento de los modelos sociales de sociedades ejemplares en muchos aspectos, como lo fué la sociedad de la antigua Grecia. Es patético que de todo el conjunto de estudiantes desde las enseñanzas medias hasta las superiores, sólo algunos de unas pocas especialidades universitarias tengan una lejana idea de quienes fueron los primeros gobernantes que mimaban los derechos de sus ciudadanos, como Solón. Claro, éso no interesa.
A los Estados actuales les viene estupendamente el desconocimiento de la pobre gente de a pie. Se logran de que el ciudadano medio de cualquier nación "moderna" desconozca por ejemplo que la palabra "política" viene del vocablo griego "polites" que significa "ciudadano" de una época en que la implicación ciudadana en los asuntos políticos de la nación, era inexcusable. Es decir, que el político estaría directamente relaccionado con los intereses del ciudadano. Exactamente lo contrario que es hoy ser político: "Tú me votas y yo te estafo". No nos traicionan porque sí los pobrecitos, sino que se ven obligados a obedecer a un sistema global ultracapitalista, que de paso les va a enriquecer a cada uno de ellos de por vida, aunque sólo estén en el Gobierno unos años.
Nos han empobrecido económicamente a los trabajadores, recortando sueldo y derechos. Y han llevado a la miseria a millones de personas, como todo el mundo sabe. Encima, los que trabajamos, además de dar gracias a Dios cada dia, lo hacemos con desánimo, porque cuando nos sustraen una parte importante del salario ( porque no cobramos sueldos, sino salarios para subsistir) la vida se hace más dura.
Y por último, a nivel global NOS RECORTAN LOS DERECHOS CONSEGUIDOS A TRAVÉS DE LAS MILES DE REVOLUCIONES DE TODA LA HISTORIA DEL HOMBRE. Ya te quitan de tu sueldo los dias que faltes aunque estés justificadamente enfermo, por decretazo antisocial. Tanta sangre derramada de antiguos poderosos déspotas para llegar al mismo punto de partida, ¿ha sido inútil, o quizá insuficiente? Yo me inclino por la última respuesta. Mi opinión personal es que, pese a ser contrario a la violencia, haría falta un correctivo hacia todo delincuente de guante blanco y espaldas cubiertas, por parte de todos los ciudadanos, difundiendo el terror entre toda esa caterva de gobernantes descontrolados anti patriotas. Cuando estudias con detenimiento crítico la Historia, te das cuenta de que en ocasiones no ha sido una crueldad, sino una necesidad, pasar a cuchillo a los opresores de la Libertad y de los Derechos Humanos. Suena mal, pero sólo hay que asomarse a los acontecimientos con el prisma adecuado.
MIENTRAS LOS CIUDADANOS DE TODAS LAS NACIONES NO TOMEMOS VERDADERA CONCIENCIA DE HUMANIDAD GLOBAL, DEL PODER DEL CONJUNTO DE MILLONES DE HABITANTES SEGUIREMOS PRESA DE LOS LOBOS.
Sabemos que los grandes poderes ultracapitalistas tienen las armas y el dinero, pero si dejasen de tener a su mando a los ciudadanos que aprieten los gatillos de sus armas y que dejen de darle sentido a su dinero, porque EL DINERO AÚN NO SE COME, quedarían aislados y sería fácil erradicarlos.
¿Qué se puede esperar de países como el nuestro, que participan en el negocio de la financiación de armas? ¿Qué podemos esperar de las grandes asociaciones mundiales que retrasan las soluciones para la reducciones de contaminación ambiental del Planeta para apurar la recesión de réditos? ¿Qué sistema humano puede denominarse ético y honesto que permite el gigantesco enriquecimiento multinacional global cuando millones de niños mueren intoxicados en monumentales basureros en sus países rebuscando materiales aprovechables para la venta a cambio de un plato de sopa nítida y fría? Esos niños que mueren y morirán sin saber lo que significan palabras como "juego" o "escuela".
Durante los últimos cien años, la Historia Mundial ha experimentado las consecuencias de la exaltación del Capital en el sistema global y de la del Trabajo en los sistemas comunistas. Pero aún está pendiente la revolución del Humanismo social, de preponderar al hombre sobre el resto de los elementos. ¿Hasta cuando seguirá pendiente?
Pese a que de cara a la galería, estamos en una sociedad libre, con libertad de expresión, me cuido mucho de la manera de expresarme, porque sé que eso es una gran mentira y que una frase dicha de aquélla manera puede ser interpretada fiscalmente . Hoy, aquí mismo, puedes ser culpado y condenado por incitar a rebelión. Por ello me cuido frente al poder fascista de los Estados, de pluralizar y de aclarar que lo que yo expongo es una opinión personal, ya que aún hoy día, no está perseguido pensar.
Una de las cosas más dolorosas que existen es la zafiedad, la ignorancia. Lamentablemente nuestro país demuestra tener bastante de ello, porque siendo castigados cada legislatura por los lacayos del Mercado Común, se sigue votando en un juego rotatorio o al PSOE o al PP. ¿No tiene agallas el español medio para dejar desierto un voto que nadie demuestra merecer? Evidentementemente, parece que no.
CUANDO EL CIUDADANO MEDIO COMPRENDA QUE NO VOTAR ES UNA SERIA AMENAZA PARA NUESTROS POLÍTICOS Y LAS URNAS SE QUEDEN VACÍAS EN SEÑAL DE DESPRECIO Y LA CALLE SE ABARROTE DE CIUDADANOS EN PROTESTA EN TODAS LAS NACIONES, PODREMOS EMPEZAR A HABLAR DE CAMBIOS.
martes, 10 de abril de 2012
EL HOMBRE QUE RIENDO, DESAPRENDIÓ A LLORAR
Había nacido en una familia de estirpe casi legendaria, sin haberlo elegido. Tuvo la inmensa suerte de tener un padre que volcó en él todas sus ilusiones, lo que a su vez le acarrearía un odio tardío de algunos de sus deudos. Había sido educado en los más refinados principios de educación y respeto, así como de curiosidad por el saber, encauzado sabia y minuciosamente por su progenitor. Aunque ya, de por sí, él aportaba una casi endémica sensibilidad que le haría involucrarse a veces dolorosamente en el tráfago de su existencia.
Alberto se había enamorado algunas veces en el transcurso de su vida, según sus amigos equivocadamente. Según su conciencia, la mayor equivocación en ésta vida era no mover ficha por temor a errar. Como sus inquietudes casi no pertenecían al mismo mundo del de los demás mortales, estaba condenado a una dolorosa incomprensión, que si durante su juventud le había costado un sin fín de enfados, según iba madurando aprendió a sacarle partido.
Me encontré con Alberto después de más de veinte años. Pensaba ver a un hombre relativamente joven, pero con la apariencia de los que ya nos acercamos decididamente al medio siglo de existencia. Me lo imaginaba un poco como yo, con poco pelo casi cubierto de la nieve de la edad, algo entradito en kilos y por supuesto con mucho menos sentido del humor que en nuestros años jóvenes cuando nos reíamos de tantas cosas. Pero mi sorpresa fué mayúscula al encontrarme con un hombre que no había perdido la alegría de su juventud, pese a los accidentes de la vida. Su enorme sonrisa, generosa y confortante, seguía ahí, impasible ante los accidentes del paso del tiempo.
Yo había ido unos dias de mis vacaciones a la Costa del Sol como los guiris, a desconectar del trabajo, a disfrutar del tiempo cálido, del mar azul chillón y de los ojos verdiazules de Ángela. Como sabía que Alberto tocaba el piano en algunos hoteles y locales de música en vivo por la zona, hice mis pesquisas y lo localicé en un lujoso local cerca de La Carihuela. La alegría contagiosa de la sonrisa inmensa con la que me obsequió, fué indescriptible. Después de terminar su velada musical con cuatro brillantes ragtimes, fuímos a tomar algo y a contarnos algo de nuestras vidas.
Alberto seguía viviendo en su precioso chalet en el campo. Por lo visto, en éstos más de veinte años había tenido un sin fín de experiencias, desde su trabajo semiestable fuera de Madrid, hasta la muerte de su padre, que para él había sido tan especial en su vida. Se había enamorado un par de veces en serio. Con Sara, la última mujer, hasta había cometido el terrible yerro de ¡casarse!
¿Casarse? Sí. Lo hizo porque la amaba mucho y la veía desprotegida. ¡Pobre Alberto! Era demasiado protector con la mujer de la que se enamoraba y eso nunca acaba bien. Él aprendió la lección demasiado tarde. Ahora se encontraba con cuatro años de pobreza, por tener que pasar una pensión a aquélla que parecía haberle querido tanto. Pero según él, las experiencias siempre son buenas porque enseñan a vivir mejor. Por ejemplo, había aprendido a seleccionar entre todas, sólo a aquéllas mujeres que fuesen realmente independientes. Eso da mucho juego a la hora de disfrutar, cuando todo se hace a medias, en vez de convertirte en un papá protector.
Yo, por mi parte le conté mis intenciones de establecerme definitivamente en Oviedo. Lo mío con Teresa parecía ir consolidándose, cosa que me daba un poco de miedo, sobre todo por la diferencia de edad. A veces temía que la tomasen por mi hija. Aunque tampoco me obsesionaba. Teníamos los dos demasiado en común, como para preocuparnos. Lo que sí me daba miedo era estabilizar definitivamente la relación, porque yo también, como Alberto, había aprendido a disfrutar de mi libertad y desde entonces reía más que nunca.
Al día siguiente de nuestro encuentro, quedamos en el centro de la ciudad, en El Pimpi, donde con el sonido de fondo de música de guitarreo andaluz, compartimos un par de botellas de manzanilla de Sanlúcar, para refrescar nuestra memoria y ponernos al día de todos éstos años. Al día siguiente yo tenía que regresar a casa.
Aquél encuentro con Alberto, me enseñó que la vida en sí no es sino lo que nosotros hacemos de ella, o mejor, lo que nosotros pensamos de ella, cómo nos la tomamos.
Alberto había conocido varias mujeres en su vida, pero sólo había "errado" casándose con una de ellas a la que quiso con integridad, por la que se enfrentó al mundo entero, porque creía en ella. Quizá no vió más allá del amor, de un amor hermoso e incondicional. Un amor que resultó ser equivocado. Pero no se arrepentía de eso ni de nada de lo pasado. Todo eran experiencias para aprender a vivir mejor, a no ser tan "tonto" y a valorar, todavía más cada cosa de ése todo que es la Vida. Había descubierto que hacía muchísimo tiempo que no lloraba y se le había ido olvidando cómo hacerlo, porque no sentía necesidad de ello. -"Todo pasa, el Tiempo pone las cosas y a cada cual en su sitio", me dijo antes de despedirnos, con una efusiva sonrisa.
Casi sin darme cuenta, yo también he ido aprendiendo a reirme hasta de mí mismo. Es algo en verdad, reconfortante.
Alberto se había enamorado algunas veces en el transcurso de su vida, según sus amigos equivocadamente. Según su conciencia, la mayor equivocación en ésta vida era no mover ficha por temor a errar. Como sus inquietudes casi no pertenecían al mismo mundo del de los demás mortales, estaba condenado a una dolorosa incomprensión, que si durante su juventud le había costado un sin fín de enfados, según iba madurando aprendió a sacarle partido.
Me encontré con Alberto después de más de veinte años. Pensaba ver a un hombre relativamente joven, pero con la apariencia de los que ya nos acercamos decididamente al medio siglo de existencia. Me lo imaginaba un poco como yo, con poco pelo casi cubierto de la nieve de la edad, algo entradito en kilos y por supuesto con mucho menos sentido del humor que en nuestros años jóvenes cuando nos reíamos de tantas cosas. Pero mi sorpresa fué mayúscula al encontrarme con un hombre que no había perdido la alegría de su juventud, pese a los accidentes de la vida. Su enorme sonrisa, generosa y confortante, seguía ahí, impasible ante los accidentes del paso del tiempo.
Yo había ido unos dias de mis vacaciones a la Costa del Sol como los guiris, a desconectar del trabajo, a disfrutar del tiempo cálido, del mar azul chillón y de los ojos verdiazules de Ángela. Como sabía que Alberto tocaba el piano en algunos hoteles y locales de música en vivo por la zona, hice mis pesquisas y lo localicé en un lujoso local cerca de La Carihuela. La alegría contagiosa de la sonrisa inmensa con la que me obsequió, fué indescriptible. Después de terminar su velada musical con cuatro brillantes ragtimes, fuímos a tomar algo y a contarnos algo de nuestras vidas.
Alberto seguía viviendo en su precioso chalet en el campo. Por lo visto, en éstos más de veinte años había tenido un sin fín de experiencias, desde su trabajo semiestable fuera de Madrid, hasta la muerte de su padre, que para él había sido tan especial en su vida. Se había enamorado un par de veces en serio. Con Sara, la última mujer, hasta había cometido el terrible yerro de ¡casarse!
¿Casarse? Sí. Lo hizo porque la amaba mucho y la veía desprotegida. ¡Pobre Alberto! Era demasiado protector con la mujer de la que se enamoraba y eso nunca acaba bien. Él aprendió la lección demasiado tarde. Ahora se encontraba con cuatro años de pobreza, por tener que pasar una pensión a aquélla que parecía haberle querido tanto. Pero según él, las experiencias siempre son buenas porque enseñan a vivir mejor. Por ejemplo, había aprendido a seleccionar entre todas, sólo a aquéllas mujeres que fuesen realmente independientes. Eso da mucho juego a la hora de disfrutar, cuando todo se hace a medias, en vez de convertirte en un papá protector.
Yo, por mi parte le conté mis intenciones de establecerme definitivamente en Oviedo. Lo mío con Teresa parecía ir consolidándose, cosa que me daba un poco de miedo, sobre todo por la diferencia de edad. A veces temía que la tomasen por mi hija. Aunque tampoco me obsesionaba. Teníamos los dos demasiado en común, como para preocuparnos. Lo que sí me daba miedo era estabilizar definitivamente la relación, porque yo también, como Alberto, había aprendido a disfrutar de mi libertad y desde entonces reía más que nunca.
Al día siguiente de nuestro encuentro, quedamos en el centro de la ciudad, en El Pimpi, donde con el sonido de fondo de música de guitarreo andaluz, compartimos un par de botellas de manzanilla de Sanlúcar, para refrescar nuestra memoria y ponernos al día de todos éstos años. Al día siguiente yo tenía que regresar a casa.
Aquél encuentro con Alberto, me enseñó que la vida en sí no es sino lo que nosotros hacemos de ella, o mejor, lo que nosotros pensamos de ella, cómo nos la tomamos.
Alberto había conocido varias mujeres en su vida, pero sólo había "errado" casándose con una de ellas a la que quiso con integridad, por la que se enfrentó al mundo entero, porque creía en ella. Quizá no vió más allá del amor, de un amor hermoso e incondicional. Un amor que resultó ser equivocado. Pero no se arrepentía de eso ni de nada de lo pasado. Todo eran experiencias para aprender a vivir mejor, a no ser tan "tonto" y a valorar, todavía más cada cosa de ése todo que es la Vida. Había descubierto que hacía muchísimo tiempo que no lloraba y se le había ido olvidando cómo hacerlo, porque no sentía necesidad de ello. -"Todo pasa, el Tiempo pone las cosas y a cada cual en su sitio", me dijo antes de despedirnos, con una efusiva sonrisa.
Casi sin darme cuenta, yo también he ido aprendiendo a reirme hasta de mí mismo. Es algo en verdad, reconfortante.
lunes, 2 de abril de 2012
SER JOVEN ES SENTIRSE JOVEN. REFLEXIÓN DE CUMPLEAÑOS DE UN JOVEN MADURO.
A mis recién estrenados "cuarenta y cinco y pico", como dice un singular personaje de televisión, vuelvo a reflexionar contigo, querido lector, sobre el paso del tiempo y de la vida en sí.
Ya nos advierte el adagio latino: "Vive memor leti, fugit hora". No se refiere el dicho a la tragedia inevitable de la muerte como fín, sino que nos la recuerda para que cuando ése final llegue, estemos cansados realmente de haber vivido lo suficiente, sin desperdicio.
Siempre he creído que la Vida de cada cual es un hecho particular y de diferentes vicisitudes, incomparables en cada indivíduo. Y según me voy haciendo más talludito, las vivencias mejores y peores que he ido teniendo hasta hoy, han ido ratificando mi tesis primigenia. Existe un único caso que impide sentirse joven y vital: Es la enfermedad, en cualquiera de sus infinitas manifestaciones. La vejez, por ejemplo, es la degeneración progresiva, el desgaste o pérdida paulatino de salud, que se manifiesta mediante la enfermedad.
Pero no sólo en la vejez de los años aparecen síntomas de desgaste o enfermedad. Hay muchos jóvenes que son viejos prematuros, sin ilusiones, que no saben ser jóvenes, porque creen que eso es algo propio del paso del tiempo, en su caso de su poco tiempo vivido. Se trata de una casta que desperdicia su tiempo y su juventud, porque no sabe vivirlo y apreciarlo. Tienen por religión el capitalismo consumista anodino y superficial. Y como piensan poco y son perezosos para ello, se visten de prejuicios, creen que no van a cumplir años y todo lo que no sea de poco tiempo, lo desprecian en su ignorancia supina. Las mentalidades cerradas y perezosas, son mentes viejas, caducas, a cualquier edad.
Existe afortunadamente otra juventud, que realmente lo es y no sólo por carecer de demasiados cumpleaños. Son una serie de personas, con curiosidad por todo. No pierden con facilidad el sentido del humor y saben apreciar la Vida, sus detalles y sus gentes. Son capaces de amar a quien le demuestre valía y sea joven porque se sienta joven y no por los años cumplidos, como si se tratase de vehículos ante la ITV. Ésta verdadera juventud es un número realmente considerable a nivel universal, porque engloba a todas aquéllas personas de cualquier edad que conservan la alegría pese a las adversidades, porque intuyen que es el mejor arma para sobrevivir. Creen sobre todo en la persona, así que tienen una dosis de filantropía importante. No les preocupan las arrugas, porque son señal de haber tenido vivencias y recuerdos y de haber adquirido sabiduría. Y cuando maduran, jamás irían a ponerse "bótox" ni tienen intención de retocarse el cuerpo o la cara mediante cirujía. Eso sí: se cuidan, por fuera, pero sobre todo, por dentro.
Yo, particularmente, como hombre, creo que lo más hermoso de una mujer a cualquier edad, es eso, que sea mujer.
Aunque no miro la edad, reconozco que a mis años sería difícil enamorarme por el físico de una mujer bastante mayor que yo por ejemplo, por muy atractiva que fuera, aunque pudiera conectar a otros niveles con ella, apreciando su valía si su espíritu fuera juvenil. Tampoco podría esperar de una mujer de veinticinco que se enamorase de mí si yo tuviera sesenta, ya que aunque nada es absolutamente imposible, sí sería bastante improbable. Sin embargo, sería un error dejar en manos de la ética lo que simplemente es una cuestión de elección absolutamente personal. Siempre he hecho oídos sordos ante los dogmáticos. La vida de cada individuo es demasiado personal para ser encasillada.
En cambio, una mujer joven, si además es inteligente, puede enamorar harta la exasperación a un hombre, igual que una mujer de mediana edad. En ése caso, no es sólo la lozanía material de la juventud, que de por sí sóla, se reduce a un hermoso decorado, sino el conjunto, lo que adquiere pleno valor.
Desgraciada injusticia para la mujer, el hombre durante la madurez adquiere un atractivo añadido, incluso para la mayoría de las mujeres jóvenes. La sociedad está llena de ejemplos de ello; sin embargo injustamente es, en general desdeñada la madurez femenil. Parece que la Vida tiene ojos de hombre. Yo, que he tenido ambas experiencias antagónicas, he podido comprobar que frente al destino difícil de cada día, tenemos las personas la maldita manía de dificultarnos aún más la existencia con los carteles y prejuicios que ponemos a las cosas. Lo bueno es darse cuenta y rectificar a tiempo:
"Hoy es siempre, todavía". A. Machado.
jueves, 22 de marzo de 2012
HOY, QUIZÁ MAÑANA.
Después del último intento por sobrevivir, se despide don Invierno. Yo estoy ajeno al incombustible frío castellano desde mi pequeño baluarte, camino de Veneros, saboreando la lontananza de los montes forrados de piel verde y barbados de arboledas. La quietud del auditorio natural, permite disfrutar la sinfonía del paisaje. Aquí parece que nada haya sucedido allá lejos, donde batallo cada día. Es como si aquello no existiese. Y sin embargo es tan real...
Se es de donde se mantiene uno, yo definitivamente soy de aquí, porque he de volver de vez en cuando para alimentarme de pureza. Y no es la casualidad de nacer en un lugar, lo que debería definir nuestro origen, sino la vocación no casual por ése lugar, pues casual es sólo donde nacemos. ¿Será casual también donde renace nuestro corazón?
Aquí puedo casi olvidarme de que odio ser funcionario, aunque es lo que principalmente me da de comer. Detesto que un Gobierno incompetente dicte normas sangrantes y bárbaras a los pocos que construímos un país, funcionarios o no, pero hay que sobrevivir y eso es hoy difícil y casi utópico.
Pero no he venido aquí para recordar mis luchas, sino al contrario, para recuperar una parte importante de mi alegría, que ahora está en el Cielo, que a su vez es éste lugar.
El horizonte escalonado de mullidos valles preparados para recibir las joyitas primaverales de colores, cercenado por los montes cercanos, me dice que siempre estará esperándome si yo no cambio.
Empieza a refrescar bastante, según declina el sol. Se oye un eco lejano de algún campanario. Todavía quedan campanas en algunos templos. Yo, reconfortado me voy alejando lentamente. He de partir de nuevo, pero ésta vez será un paréntesis porque volveré tan pronto que apenas me entristece regresar.
Allí me espera de nuevo el trabajo y la Huelga: la que todo trabajador no temeroso y coherente debería hacer, a pesar de que también la hagan los sindicatos. Para mí es la Huelga contra el fascismo capitalista con o sin sindicatos por medio (no los utilizo como excusa para no hacerla). No temo perder la cantidad descontada de mi nómina por hacerla, mis intereses y los de cada ciudadano valen bastante más de cien euros.
Acabo de dejar atrás el túnel interminable que separa Asturias de Castilla. Sorprendentemente es la primera vez que no se humedecen mis ojos en éste trance, pues ellos saben que ahora va a ser apenas perceptible la ausencia...
Ahora, "ancha es Castilla", después Madrid y ya muy de noche, otra vez en la tierra de Don Quijote. ¿Será una metáfora? Entonces la cambiaría.
domingo, 11 de marzo de 2012
RECUERDOS DE ZEUS.
Todavía siento como si fuera ayer cuando instalamos a Zeus en casa, en la nueva casa que yo acababa de comprar, en Fuenteserena. Era un cachorrito gordito de tres meses, tierno y juguetón. Le teníamos muy mimado, porque era un niño muy deseado, pese a tener ya a Astor y a Box. Éstos dos habían pasado momentos duros cuando vivíamos en la ciudad y no teníamos un piso nuestro donde acomodarlos con nosotros, así que les tuvimos que ubicar en un terreno con cuadra alquilado para ellos, con la consecuente pena de tener que dejarlos allí, excepto las dos o tres veces diarias que les visitábamos, les sacábamos a pasear y jugábamos con ellos.
Pero con Zeus todo fué diferente, porque al poco de adoptarlo, nos trasladamos a casa y como allí todo era grande, le hicimos una pequeña parcela en la terraza para que le diese el aire sin correr peligro y otra parcela en el pasillo cerrada con cajas de la mudanza llenas mayormente con mis libros.
Era muy llorón y muy meón y su mamá adoptiva se levantaba de madrugada porque el niño le despertaba y la pedía de comer de una manera que daba pena dejarlo.
Cuando Zeus entró en nuestra vida, yo estaba en una época de bastante trabajo y desgaste intelectual. Bueno, eso nunca ha sido una novedad en mi vida desde que hace ya ni se sabe, salí de casa de mis padres para no volver más que para visitarlos. Estaba preparando con intensidad unas oposiciones en las que ingenuamente puse todo lo mejor de mí. Al mismo tiempo, daba conciertos, trabajaba en las escuelas de música que podía y trabajaba como profesor de piano y como pianista acompañante, en el mismo sitio que trabajo ahora, solo que en aquélla época yo era el único pianista acompañante para todas las especialidades y eso era bastante duro. También, siempre que sacaba un ratito escribía, que es la mejor manera de estar a solas con la propia conciencia.
Para mí, que he tenido la inmensa suerte de tener a mi padre como instructor, los animales, en especial los perros, han sido un elemento fundamental. Y cito a mi querido padre porque además de infinitas cosas, le debo el amor a la Naturaleza que me inculcaba cada día, en especial a los perros. Siempre me decía que un perro siempre será el único que me será realmente leal en la Vida, pase lo que pase.
Por eso, a pesar de disfrutar ya de la compañía de Astor y de Box, que eran nuestros niños y nuestros defensores, durante las largas temporadas que pasábamos en La Torre de Gorgogí, mi perdido feudo, Zeus supuso un soplo de aire fresco. El pobre nunca fué muy inteligente. Además era un gran terco lleno de manías; pero era tan adorable como un gran niño. Zeus ha sido mi niño desvalido que jamás se peleaba con los demás porque detestaba la violencia. Era tierno y mimoso como el burrito de Juan Ramón.
Han pasado los años y ya han muerto Box y Astor y con ellos se ha ido una parte importante de mí. Murió mi padre, que fué la mayor pérdida que he tenido en mi vida. A mi padre le encantaba Zeus, porque como siempre decía, a él le gustaban los perros grandes. Tuve la suerte de que mi padre estuviese varias veces en mi casa. Yo era feliz viéndole disfrutar sentado en el jardín, entre los perros grandes, mientras les llamaba y sonreía con esa sonrisa maravillosa que tenía, las escasas veces que la mostraba.
Cuando compré la casa estaba lleno de ilusiones. Y me empecé a plantear que la vida era más que trabajar y trabajar, aunque nunca pude dejar de hacerlo. Comencé a arreglar el jardín con mis propias manos, fertilizándolo, replantando, hasta puse un pequeño huerto. También estudiaba horas y horas y trabajaba, horas y horas, a veces en lugares que estaban a más de dos horas de casa. Para mí, llegar a veces a las once o las doce de la noche a casa no era nada raro. Claro que los profesores, como según decían algunos paletos, tenemos muchas vacaciones, no trabajamos tanto. Yo en vacaciones siempre he tenido o conciertos, o clases particulares o he aprovechado, como muchos profesores, para realizar cursos de especialización. Así que para mí, mi casa de Fuenteserena siempre ha sido el santuario donde he repuesto fuerzas para seguir adelante. Y lo más importante para mí de la casa era mi familia, entre ellos, mis perros, que como decía mi padre, me han sido leales hasta la muerte.
Y entre mis queridos niños, Zeus era el niño especial, el que necesitaba protección de sus papás.
No me voy a alargar hablando de mi querido Zeus, porque no quiero entristecerme. Sólo quiero hacerle éste pequeño homenaje a su recuerdo que tanto merece.
Hace un año ya, por Marzo que mi querido niño empezó a desarrollar una metástasis que se exteriorizaba en su piel, en la progresiva deformación de su cabeza y en la torpeza al andar. Muchos amigos me aconsejaron sacrificarlo. Yo, que conozco a Zeus bien, veía que él a su modo era feliz. Progresivamente iba perdiendo la movilidad de sus patas traseras y se le hinchaba la cara. Pero yo le iba tratando bajo prescripción veterinaria. Hasta con el miedo que siempre me han dado las inyecciones, tuve que aprender a pincharle para que se sintiese mejor. Zeus, ha estado disfrutando, pese a su enfermedad, del sol de cada día. Se medio recostaba fuera por las mañanas y levantaba la cabezota para mirar y escuchar a los pajaritos del olmo más grande. Éstos no paraban de parlar, interrumpiéndose entre ellos con vehemente alegría. Yo sé que esos momentos de luz y sol eran maravillosos para él. Y aunque ya no podía pasear por la orilla del río y ver los patos y las cigueñelas, ni los pajarillos de la nieve, saltando por los sembrados, ni las veloces liebres disparadas contra el horizonte, ni las ardillas trepando en el viejo pinar, yo sé que él sabía adaptarse y aunque protestaba regañándome cuando me veía ir con sus hermanos a pasear, también se encontraba a gusto disfrutando su jardín y todo lo que en él se movía, se escuchaba o se olía.
Desde que hacía un año, Zeus empezó a convivir con el cáncer, no he dejado de mimarle especialmente, de limpiarle su orejas llenas de material patógeno, de acicalarle, de desinfectar con el mayor cuidado sus ojos y sus úlceras. Zeus era muy fuerte aunque fuera tan tierno y no sufría: lo consultaba y lo comprobaba cada día viendo su voraz apetito, escuchando sus ya apenas perceptibles ladridos, faltos de toda voz y viéndole disfrutar de la apacible estancia en su jardín, observándolo todo con calmada satisfacción. No, decididamente no iba a acabar con su vida. Sería un acto de cobardía y de comodidad por mi parte. He preferido estar pendiente de él todo éste tiempo, porque yo nunca hubiera sido capaz de abandonarlo, de privarme de su compañía. Sólo los que amamos de verdad a los animales, comprendemos a los vagabundos que llevan a sus perros a cualquier sitio donde ellos van. Por nada del mundo se separarían de ellos. Cuánto tendríamos que aprender los pequeño burgueses de éstos señores del Universo. No, jamás me separaría de mis criaturas a no ser que me echasen de mi casa e incluso aún así creo que tampoco. Yo no.
Últimamente Zeus ya no podía moverse, ni siquiera arrastrándose. El cáncer le comía ya hasta las articulaciones superiores y no podía apoyar las manos para incorporarse ni siquiera de medio cuerpo. Le daba la comida que sólo tomaba de mi mano y con mucho, muchísimo cariño, conseguía que bebiese agua acercándole un cacharro. He hablado mucho con él y me miraba como comprendiendo todo, aunque sobraban las palabras entre los dos. Hablábamos de la vida, del paso del tiempo, que pone a cada cual en su sitio.
Yo, que he pasado tantas cosas en mi vida, me veo ya cercano al medio siglo aunque conservo la juventud, porque al menos mis ideas son enemigas de envejecer. Yo que cuando he hecho cualquier cosa en mi vida, la he hecho con pasión, desde amar, a trabajar, desde vivir, a imaginar; y llorar y reir y correr y parar, luchar, e incluso equivocarme. Todo lo he hecho con vehemencia, ése ha sido mi mayor defecto y quizá mi mayor atributo. Yo, después de todo yo conmigo mismo, realmente a solas cuando tengo algo de tiempo para mí sólo, pienso también ahora en mis perros, imperturbables en su invariable lealtad.
Mi querido Zeus, no podías seguir ya así, porque ahora empezaba a oler tu sufrimiento tan cerca de mis entrañas. Además tu mirada, ya estaba vencida, señal inequívoca de tu incipiente derrota.
Hablé con su médico y le expuse el último paso que el organismo de mi niño daba. Vino a verlo una fría tarde de una primavera ansiosa por salir. Según me confirmó, Zeus moriría sin remedio en breve; pero no podía predecir en cuanto tiempo, sólo tenía la certeza de su próxima muerte y de que ahora sí, era más que probable que estuviera empezando a pasarlo mal.
Jamás me he sentido autoridad a la hora de decidir sobre algo tan serio como la muerte. Nadie debería decidir la muerte o no. Con Zeus yo no la decidí; la Muerte venía despacio y segura sin importarle el sufrimiento, porque Zeus era fuerte y hasta entonces, no había habido manera de hacerle sufrir, así que ahora ella decidía apretar más las tuercas. A pesar de que yo no quería verlo, por encima de mi ceguera estaba la asquerosa realidad de su postración. Tras un año de hacerle la enfermedad lo más dulce y complaciente posible, el destino se hacía fuerte frente a Zeus y a mí.
Entonces, venciendo mi dolor, pacté con la muerte un viaje dulce y liviano para mi Zeus. Ya no había escapatoria. De no pactar, ella vendría de todas formas, sin contemplaciones y ajena a sus sufrimientos.
Zeus ha sido un perro feliz. Era tan terco, que como no había manera de hacerle comportarse, se acababa saliendo siempre con la suya, ladrando a deshoras, rompiendo lo que se le antojaba, yendo a su bola cuando le soltábamos para pasear y volviendo cuando él quisiese y haciendo lo que quería en el lugar y en el momento que le apetecía. Pero Zeus era, frente a todo éso, mi niño. Tuvo una madre, pero siempre, durante toda su vida ha tenido un padre que le ha cuidado y protegido con todo cariño, porque sabía que era en el fondo, un niño desvalido, carente del empuje de sus hermanos, pero con mucha más nobleza.
Ahora sé que Zeus está en el Cielo; en un Cielo para perros donde no pueden ir los humanos por carecer de suficiente virtud. Los humanos tienen que conformarse con un Cielo pequeño hecho a imagen y semejanza del hombre.
Y también Zeus está en mi corazón. Y a partir de ahora intentaré pensar en él con alegría, porque sé que ha sido un perro muy feliz y me ha tenido siempre cerca para protegerle.
Pero con Zeus todo fué diferente, porque al poco de adoptarlo, nos trasladamos a casa y como allí todo era grande, le hicimos una pequeña parcela en la terraza para que le diese el aire sin correr peligro y otra parcela en el pasillo cerrada con cajas de la mudanza llenas mayormente con mis libros.
Era muy llorón y muy meón y su mamá adoptiva se levantaba de madrugada porque el niño le despertaba y la pedía de comer de una manera que daba pena dejarlo.
Cuando Zeus entró en nuestra vida, yo estaba en una época de bastante trabajo y desgaste intelectual. Bueno, eso nunca ha sido una novedad en mi vida desde que hace ya ni se sabe, salí de casa de mis padres para no volver más que para visitarlos. Estaba preparando con intensidad unas oposiciones en las que ingenuamente puse todo lo mejor de mí. Al mismo tiempo, daba conciertos, trabajaba en las escuelas de música que podía y trabajaba como profesor de piano y como pianista acompañante, en el mismo sitio que trabajo ahora, solo que en aquélla época yo era el único pianista acompañante para todas las especialidades y eso era bastante duro. También, siempre que sacaba un ratito escribía, que es la mejor manera de estar a solas con la propia conciencia.
Para mí, que he tenido la inmensa suerte de tener a mi padre como instructor, los animales, en especial los perros, han sido un elemento fundamental. Y cito a mi querido padre porque además de infinitas cosas, le debo el amor a la Naturaleza que me inculcaba cada día, en especial a los perros. Siempre me decía que un perro siempre será el único que me será realmente leal en la Vida, pase lo que pase.
Por eso, a pesar de disfrutar ya de la compañía de Astor y de Box, que eran nuestros niños y nuestros defensores, durante las largas temporadas que pasábamos en La Torre de Gorgogí, mi perdido feudo, Zeus supuso un soplo de aire fresco. El pobre nunca fué muy inteligente. Además era un gran terco lleno de manías; pero era tan adorable como un gran niño. Zeus ha sido mi niño desvalido que jamás se peleaba con los demás porque detestaba la violencia. Era tierno y mimoso como el burrito de Juan Ramón.
Han pasado los años y ya han muerto Box y Astor y con ellos se ha ido una parte importante de mí. Murió mi padre, que fué la mayor pérdida que he tenido en mi vida. A mi padre le encantaba Zeus, porque como siempre decía, a él le gustaban los perros grandes. Tuve la suerte de que mi padre estuviese varias veces en mi casa. Yo era feliz viéndole disfrutar sentado en el jardín, entre los perros grandes, mientras les llamaba y sonreía con esa sonrisa maravillosa que tenía, las escasas veces que la mostraba.
Cuando compré la casa estaba lleno de ilusiones. Y me empecé a plantear que la vida era más que trabajar y trabajar, aunque nunca pude dejar de hacerlo. Comencé a arreglar el jardín con mis propias manos, fertilizándolo, replantando, hasta puse un pequeño huerto. También estudiaba horas y horas y trabajaba, horas y horas, a veces en lugares que estaban a más de dos horas de casa. Para mí, llegar a veces a las once o las doce de la noche a casa no era nada raro. Claro que los profesores, como según decían algunos paletos, tenemos muchas vacaciones, no trabajamos tanto. Yo en vacaciones siempre he tenido o conciertos, o clases particulares o he aprovechado, como muchos profesores, para realizar cursos de especialización. Así que para mí, mi casa de Fuenteserena siempre ha sido el santuario donde he repuesto fuerzas para seguir adelante. Y lo más importante para mí de la casa era mi familia, entre ellos, mis perros, que como decía mi padre, me han sido leales hasta la muerte.
Y entre mis queridos niños, Zeus era el niño especial, el que necesitaba protección de sus papás.
No me voy a alargar hablando de mi querido Zeus, porque no quiero entristecerme. Sólo quiero hacerle éste pequeño homenaje a su recuerdo que tanto merece.
Hace un año ya, por Marzo que mi querido niño empezó a desarrollar una metástasis que se exteriorizaba en su piel, en la progresiva deformación de su cabeza y en la torpeza al andar. Muchos amigos me aconsejaron sacrificarlo. Yo, que conozco a Zeus bien, veía que él a su modo era feliz. Progresivamente iba perdiendo la movilidad de sus patas traseras y se le hinchaba la cara. Pero yo le iba tratando bajo prescripción veterinaria. Hasta con el miedo que siempre me han dado las inyecciones, tuve que aprender a pincharle para que se sintiese mejor. Zeus, ha estado disfrutando, pese a su enfermedad, del sol de cada día. Se medio recostaba fuera por las mañanas y levantaba la cabezota para mirar y escuchar a los pajaritos del olmo más grande. Éstos no paraban de parlar, interrumpiéndose entre ellos con vehemente alegría. Yo sé que esos momentos de luz y sol eran maravillosos para él. Y aunque ya no podía pasear por la orilla del río y ver los patos y las cigueñelas, ni los pajarillos de la nieve, saltando por los sembrados, ni las veloces liebres disparadas contra el horizonte, ni las ardillas trepando en el viejo pinar, yo sé que él sabía adaptarse y aunque protestaba regañándome cuando me veía ir con sus hermanos a pasear, también se encontraba a gusto disfrutando su jardín y todo lo que en él se movía, se escuchaba o se olía.
Desde que hacía un año, Zeus empezó a convivir con el cáncer, no he dejado de mimarle especialmente, de limpiarle su orejas llenas de material patógeno, de acicalarle, de desinfectar con el mayor cuidado sus ojos y sus úlceras. Zeus era muy fuerte aunque fuera tan tierno y no sufría: lo consultaba y lo comprobaba cada día viendo su voraz apetito, escuchando sus ya apenas perceptibles ladridos, faltos de toda voz y viéndole disfrutar de la apacible estancia en su jardín, observándolo todo con calmada satisfacción. No, decididamente no iba a acabar con su vida. Sería un acto de cobardía y de comodidad por mi parte. He preferido estar pendiente de él todo éste tiempo, porque yo nunca hubiera sido capaz de abandonarlo, de privarme de su compañía. Sólo los que amamos de verdad a los animales, comprendemos a los vagabundos que llevan a sus perros a cualquier sitio donde ellos van. Por nada del mundo se separarían de ellos. Cuánto tendríamos que aprender los pequeño burgueses de éstos señores del Universo. No, jamás me separaría de mis criaturas a no ser que me echasen de mi casa e incluso aún así creo que tampoco. Yo no.
Últimamente Zeus ya no podía moverse, ni siquiera arrastrándose. El cáncer le comía ya hasta las articulaciones superiores y no podía apoyar las manos para incorporarse ni siquiera de medio cuerpo. Le daba la comida que sólo tomaba de mi mano y con mucho, muchísimo cariño, conseguía que bebiese agua acercándole un cacharro. He hablado mucho con él y me miraba como comprendiendo todo, aunque sobraban las palabras entre los dos. Hablábamos de la vida, del paso del tiempo, que pone a cada cual en su sitio.
Yo, que he pasado tantas cosas en mi vida, me veo ya cercano al medio siglo aunque conservo la juventud, porque al menos mis ideas son enemigas de envejecer. Yo que cuando he hecho cualquier cosa en mi vida, la he hecho con pasión, desde amar, a trabajar, desde vivir, a imaginar; y llorar y reir y correr y parar, luchar, e incluso equivocarme. Todo lo he hecho con vehemencia, ése ha sido mi mayor defecto y quizá mi mayor atributo. Yo, después de todo yo conmigo mismo, realmente a solas cuando tengo algo de tiempo para mí sólo, pienso también ahora en mis perros, imperturbables en su invariable lealtad.
Mi querido Zeus, no podías seguir ya así, porque ahora empezaba a oler tu sufrimiento tan cerca de mis entrañas. Además tu mirada, ya estaba vencida, señal inequívoca de tu incipiente derrota.
Hablé con su médico y le expuse el último paso que el organismo de mi niño daba. Vino a verlo una fría tarde de una primavera ansiosa por salir. Según me confirmó, Zeus moriría sin remedio en breve; pero no podía predecir en cuanto tiempo, sólo tenía la certeza de su próxima muerte y de que ahora sí, era más que probable que estuviera empezando a pasarlo mal.
Jamás me he sentido autoridad a la hora de decidir sobre algo tan serio como la muerte. Nadie debería decidir la muerte o no. Con Zeus yo no la decidí; la Muerte venía despacio y segura sin importarle el sufrimiento, porque Zeus era fuerte y hasta entonces, no había habido manera de hacerle sufrir, así que ahora ella decidía apretar más las tuercas. A pesar de que yo no quería verlo, por encima de mi ceguera estaba la asquerosa realidad de su postración. Tras un año de hacerle la enfermedad lo más dulce y complaciente posible, el destino se hacía fuerte frente a Zeus y a mí.
Entonces, venciendo mi dolor, pacté con la muerte un viaje dulce y liviano para mi Zeus. Ya no había escapatoria. De no pactar, ella vendría de todas formas, sin contemplaciones y ajena a sus sufrimientos.
Zeus ha sido un perro feliz. Era tan terco, que como no había manera de hacerle comportarse, se acababa saliendo siempre con la suya, ladrando a deshoras, rompiendo lo que se le antojaba, yendo a su bola cuando le soltábamos para pasear y volviendo cuando él quisiese y haciendo lo que quería en el lugar y en el momento que le apetecía. Pero Zeus era, frente a todo éso, mi niño. Tuvo una madre, pero siempre, durante toda su vida ha tenido un padre que le ha cuidado y protegido con todo cariño, porque sabía que era en el fondo, un niño desvalido, carente del empuje de sus hermanos, pero con mucha más nobleza.
Ahora sé que Zeus está en el Cielo; en un Cielo para perros donde no pueden ir los humanos por carecer de suficiente virtud. Los humanos tienen que conformarse con un Cielo pequeño hecho a imagen y semejanza del hombre.
Y también Zeus está en mi corazón. Y a partir de ahora intentaré pensar en él con alegría, porque sé que ha sido un perro muy feliz y me ha tenido siempre cerca para protegerle.
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