Enrique nació en el marinero pueblo de Peñíscola, en un nebuloso día de Marzo. De familia arraigada en rancia solera, no se esperaba de él menos de lo que hubiera esperado un patricio romano, comparado con los vetustos ancestros.
Era pues, que Enrique fue preparado desde el remoto umbral de su existencia para el triunfo; quijotesco triunfo en un mundo enajenado por la esterilidad de la envidia, y de la "letra pequeña", a guisa de la autenticidad documental.
Pero, en el punto de partida, su suerte fue buena. Recluido en camarote de lujo, el barco de su vida partía raudo ya en su adolescencia, por los mares verdes y azules y de ésos años, en que el olor a brea o el del trigo seco de interior inunda el pecho, e inflama el alma.
Sentía ser artista y guiado por el camino de su impulso, lidiaría combates que depararían en honrosas victorias al principio. Luego, como el arte del espíritu y el de sobrellevar la vida siempre a flote encajan mal en un mismo retrato, comenzaron pronto a aflorar los problemas de la fricción con la mezquina necedad mundana.
Enrique dibujaba por vocación. Sentía la necesidad de plasmar su alrededor, sobre cuartillas, o de retratar su impresión de los contrastes en un lienzo.
Era demasiado joven para la fama y bueno en exceso para ser reconocido, pero en un principio gustaba su manera de plasmar y atraía su encanto personal.
El público aficionado, compuesto básicamente de familiares y amigos y, circunstancialmente conocidos, disfrutaba con su estilo. No se sabe bien si ése entorno era su persona o su obra, a fin de cuentas era lo mismo.
Animado por sus gentes, comenzó a exponer en pequeñas galerías provinciales. Ya había decorado las paredes de la Casa de Cultura de su pueblo; también había expuesto en aquél pub inglés de Benicassim y había logrado vender originales, cosa que le embriagó peligrosamente más de lo justo y le lanzó a Madrid, donde una vertiginosa fauna de buitres acechaba, hambrienta de las ilusiones de sus jóvenes víctimas.
En Madrid conoció la pedantería y con ella la crueldad y la envidia personificada en docenas de intelectuales "de pacotilla" y gacetilleros baratos y así, poco a poco sufrió el primer veneno, que punzando en su optimista espíritu juvenil, comenzaba a gangrenar, sin apenas percibirlo, su ardiente empuje hacia la Vida.
Su más firme propósito al llegar a Madrid era ingresar en la Escuela Oficial de Bellas Artes. Afanoso y tan seguro de su valía como se suele estar en la juventud, se presentó a las pruebas. Pero fracasó, conociendo así la frustración. Era el Mundo que, lejos de su cálido entorno familiar, le aguardaba con la misma sonrisa irónica de siempre, con una imaginada alegría de gesto mal disimulado, que ahora ahogaba a su joven víctima.
Enrique no había sido aceptado: demasiado autodidacta, falta de técnica, demasiada ambigüedad, no se sabe de qué. El caso es que no había plaza para él en Bellas Artes. Como llorar se llora, Enrique lloró aquél día.
Una mañana tibia de Abril, después de pasar unos días en Madrid, para visitar el Museo Lázaro Galdiano, el Sorolla, el Romántico, el Prado, el Retiro y el Jardín Botánico, lugares éstos dos en los que había estado tardes enteras dibujando fuentes, paseos y perspectivas entre plátanos y gorriones, Enrique cogió el tren rumbo a Levante y regresó al pueblo.
Las primeras semanas tras su regreso, estaba ensimismado. Paseaba y no veía el mar, lo oía, pero no lo escuchaba como antaño, pese a que las gaviotas le ensordecían. Así quedaba apartado de todo, en una especie de débil destierro.
Por fin, un día comenzó a rehacerse. Sus padres, que sufrían al verle atormentado y silencioso, le notaban hogaño alegre y febril. Se esmeraron entonces en sobreprotegerle, lo que al principio le hizo sentirse bien. Pero pronto comenzó a explicarles que a sus dieciocho años ya no era un niño indefenso, sino un joven, que aunque inexperto, no iba a amilanarse.
Siguió pintando, paseaba, dibujaba, leía. El mundo siguió indiferente, pocas veces alabando, muchas desdeñando. Así pasaron dos años.
Una mañana de Mayo, volvió a Madrid. Como era un poco romántico y bastante extravagante, quiso probar la experiencia de antiguos héroes literarios casi pasados de moda de instalarse en alguna pensión antigua del Madrid antiguo. Encontró una algo cutre y bastante económica por Tirso de Molina y se instaló allí. Como tenía algo ahorrado de los pequeños trabajillos que realizaba en el pueblo restaurando y pintando barcos, decidió emplearlo en sobrevivir intentando abrirse camino en Madrid.
Ésta vez consiguió entrar como alumno de la Academia. Allí trabajó bastante en la pintura por las mañanas y en lo que podía durante el resto del día. Trabajó en un bar, en un servicio de catering, haciendo dibujos en la calle, tras conseguir disputarse un hueco entre aquéllos que ya la tenían ocupada. Así pasó un curso entero, en el que los meses desfilaban insípidos e insulsos, tras el cual obtuvo el diploma de primer grado, pero con una calificación mediana. Nuevamente Enrique sintió herido su orgullo de artista, por el tenue resultado tras su esfuerzo, de todo aquél año.
Regresó al pueblo una mañana de Junio, llena de sol y de gaviotas. Su humor se había apaciguado. Contento de ver nuevamente a los suyos, ahora se sentía como en una gran fiesta. Pero a los pocos días, el iris de sus ojos comenzó a oscurecer, mientras la sonrisa se iba desdibujando progresivamente de su rostro. La melancolía comenzó a invadir a Enrique.
Pasó el verano y visto lo mucho que habían menguado sus ahorros, decidió quedarse en el pueblo unos años. Ahora no podía permitirse la vida anterior de Madrid, donde había llegado incluso a pasar hambre, que tuvo que saciar en ocasiones a la desesperada, a base de grandes bolsas de palomitas, que a falta de alimento, al menos le daban cierta sensación de saciedad. Aquélla era una vida sin sentido y aunque había hecho amigos, su amistad no era lo suficiente seria para compensarle. Además aquí en el pueblo, por medio de unos conocidos de su padre, le había surgido un trabajillo en el embarcadero. Era una mezcla de tareas entre vigilante, conservador y restaurador de naves; algo que al menos le permitía sentirse medianamente digno, pues era un hombre orgulloso y aunque joven, se consideraba demasiado independiente. Para sus padres aquélla situación no dejaba de ser triste, sobre todo cuando echaban una mirada a su propia pretérita juventud, tan próspera como lejana.
Pasaron unos años. Una mañana de Julio, estaba leyendo el periódico, cuando vio en la sección de cultura la fotografía de su compañero de la Academia, Adolfo. Resultaba que le habían dado el premio especial de la Escuela por una obra que aparecía reproducida en segundo plano, de una laboriosidad complicada, aunque de una expresividad obtusa e inerte. Pese a sentirse congratulado por el triunfo merecido de su antiguo compañero, algo espeso se removió en él, pues él mismo sabía su valor como artista, quizá más etéreo y menos técnico, pero por ello más genuino.
Enrique era artista, pero el Mundo era mundo y la suerte jugaba sus fichas. Sólo un triste diploma, obtenido con tesón, reconocía a duras penas y con mediocridad su habilidad pictórica. ¿Era aquello justo? Algo muy profundo se reveló en él.
Un día de Agosto al anochecer, tamizada la canícula por una leve brisa crepuscular, hizo acopio de sus carretes, pinturas y lienzos, de sus mejores libros y un par de cuadernos y con un buen equipaje, se despidió y partió a Madrid, de nuevo. Pero el final del trayecto no era la Villa, sino un repentinamente proyectado viaje de vacaciones, que hace meses tenía en mente: Al día siguiente, Enrique partió desde Barajas a Egipto. Allí pasó el verano.
En el mes de Agosto, los bosques de palmeras llamean bajo el sofocante calor, a las dos orillas del Nilo. Hacia las cuatro y media de la mañana, el sol comienza alegre a dorar los paisajes selváticos y las primeras aves entonan caprichosas sus sones. Aquél viaje le devolvió parte de la alegría. Allí aprendió mucho sobre las diferentes gamas de tonalidades, de sombras, figuras y colores. Pero lo más importante es que aprendió a vivir mejor, disfrutando el momento y los pequeños regalos de las horas del día.
Han pasado más de tres decenios. Y con ellos se han difuminado muchos sufrimientos y algunas alegrías. Enrique, huérfano ya, maduro y resignado consigo mismo y con su entorno, vive acomodadamente con Cristina, su hermosa mujer y sus dos retoños adolescentes. En el salón de la mansión, frente a las llamas de un acogedor hogar alimentado por viejas vigas de madera, hechas trozos para la lumbre, Enrique ríe desenfadado por la ocurrencia pueril de uno de sus vástagos. La televisión relumbra en las caras familiares, mientras Cristina lee su revista preferida de modas, embebida en algún artículo y casi ajena a la pobre algarabía familiar. Las vigas arden en el hogar casi risueñas en su crepitar, con una aparente risa sarcástica cargada de ironía expresada en chasquidos entre el fuego. Eran las vigas de la vieja casa familiar, donde siendo niño, urdió Enrique sus primeros sueños de artista. La vieja casa de un viejo pueblo costero, aletargado cabe la colina entre casas encaladas frente al mar.
Pero los sueños duermen y la vida pasa. Progresó Enrique, ganó mucho dinero; se había casado y estaba instalado cerca de Madrid en un buen chalet adosado muy bien comunicado.
Pasó el mar, pasaron los sueños, pasó la vida; y llegó una calma austera y anodina, símbolo del progreso...
Enrique nació en el marinero pueblo de Peñíscola, en un nebuloso día de Marzo. De familia arraigada en rancia solera, no se esperaba de él menos de lo que hubiera esperado un patricio romano, comparado con los vetustos ancestros.
Era pues, que Enrique fue preparado desde el remoto umbral de su existencia para el triunfo; quijotesco triunfo en un mundo enajenado por la esterilidad de la envidia, y de la "letra pequeña", a guisa de la autenticidad documental.
Pero, en el punto de partida, su suerte fue buena. Recluido en camarote de lujo, el barco de su vida partía raudo ya en su adolescencia, por los mares verdes y azules y de ésos años, en que el olor a brea o el del trigo seco de interior inunda el pecho, e inflama el alma.
Sentía ser artista y guiado por el camino de su impulso, lidiaría combates que depararían en honrosas victorias al principio. Luego, como el arte del espíritu y el de sobrellevar la vida siempre a flote encajan mal en un mismo retrato, comenzaron pronto a aflorar los problemas de la fricción con la mezquina necedad mundana.
Enrique dibujaba por vocación. Sentía la necesidad de plasmar su alrededor, sobre cuartillas, o de retratar su impresión de los contrastes en un lienzo.
Era demasiado joven para la fama y bueno en exceso para ser reconocido, pero en un principio gustaba su manera de plasmar y atraía su encanto personal.
El público aficionado, compuesto básicamente de familiares y amigos y, circunstancialmente conocidos, disfrutaba con su estilo. No se sabe bien si ése entorno era su persona o su obra, a fin de cuentas era lo mismo.
Animado por sus gentes, comenzó a exponer en pequeñas galerías provinciales. Ya había decorado las paredes de la Casa de Cultura de su pueblo; también había expuesto en aquél pub inglés de Benicassim y había logrado vender originales, cosa que le embriagó peligrosamente más de lo justo y le lanzó a Madrid, donde una vertiginosa fauna de buitres acechaba, hambrienta de las ilusiones de sus jóvenes víctimas.
En Madrid conoció la pedantería y con ella la crueldad y la envidia personificada en docenas de intelectuales "de pacotilla" y gacetilleros baratos y así, poco a poco sufrió el primer veneno, que punzando en su optimista espíritu juvenil, comenzaba a gangrenar, sin apenas percibirlo, su ardiente empuje hacia la Vida.
Su más firme propósito al llegar a Madrid era ingresar en la Escuela Oficial de Bellas Artes. Afanoso y tan seguro de su valía como se suele estar en la juventud, se presentó a las pruebas. Pero fracasó, conociendo así la frustración. Era el Mundo que, lejos de su cálido entorno familiar, le aguardaba con la misma sonrisa irónica de siempre, con una imaginada alegría de gesto mal disimulado, que ahora ahogaba a su joven víctima.
Enrique no había sido aceptado: demasiado autodidacta, falta de técnica, demasiada ambigüedad, no se sabe de qué. El caso es que no había plaza para él en Bellas Artes. Como llorar se llora, Enrique lloró aquél día.
Una mañana tibia de Abril, después de pasar unos días en Madrid, para visitar el Museo Lázaro Galdiano, el Sorolla, el Romántico, el Prado, el Retiro y el Jardín Botánico, lugares éstos dos en los que había estado tardes enteras dibujando fuentes, paseos y perspectivas entre plátanos y gorriones, Enrique cogió el tren rumbo a Levante y regresó al pueblo.
Las primeras semanas tras su regreso, estaba ensimismado. Paseaba y no veía el mar, lo oía, pero no lo escuchaba como antaño, pese a que las gaviotas le ensordecían. Así quedaba apartado de todo, en una especie de débil destierro.
Por fin, un día comenzó a rehacerse. Sus padres, que sufrían al verle atormentado y silencioso, le notaban hogaño alegre y febril. Se esmeraron entonces en sobreprotegerle, lo que al principio le hizo sentirse bien. Pero pronto comenzó a explicarles que a sus dieciocho años ya no era un niño indefenso, sino un joven, que aunque inexperto, no iba a amilanarse.
Siguió pintando, paseaba, dibujaba, leía. El mundo siguió indiferente, pocas veces alabando, muchas desdeñando. Así pasaron dos años.
Una mañana de Mayo, volvió a Madrid. Como era un poco romántico y bastante extravagante, quiso probar la experiencia de antiguos héroes literarios casi pasados de moda de instalarse en alguna pensión antigua del Madrid antiguo. Encontró una algo cutre y bastante económica por Tirso de Molina y se instaló allí. Como tenía algo ahorrado de los pequeños trabajillos que realizaba en el pueblo restaurando y pintando barcos, decidió emplearlo en sobrevivir intentando abrirse camino en Madrid.
Ésta vez consiguió entrar como alumno de la Academia. Allí trabajó bastante en la pintura por las mañanas y en lo que podía durante el resto del día. Trabajó en un bar, en un servicio de catering, haciendo dibujos en la calle, tras conseguir disputarse un hueco entre aquéllos que ya la tenían ocupada. Así pasó un curso entero, en el que los meses desfilaban insípidos e insulsos, tras el cual obtuvo el diploma de primer grado, pero con una calificación mediana. Nuevamente Enrique sintió herido su orgullo de artista, por el tenue resultado tras su esfuerzo, de todo aquél año.
Regresó al pueblo una mañana de Junio, llena de sol y de gaviotas. Su humor se había apaciguado. Contento de ver nuevamente a los suyos, ahora se sentía como en una gran fiesta. Pero a los pocos días, el iris de sus ojos comenzó a oscurecer, mientras la sonrisa se iba desdibujando progresivamente de su rostro. La melancolía comenzó a invadir a Enrique.
Pasó el verano y visto lo mucho que habían menguado sus ahorros, decidió quedarse en el pueblo unos años. Ahora no podía permitirse la vida anterior de Madrid, donde había llegado incluso a pasar hambre, que tuvo que saciar en ocasiones a la desesperada, a base de grandes bolsas de palomitas, que a falta de alimento, al menos le daban cierta sensación de saciedad. Aquélla era una vida sin sentido y aunque había hecho amigos, su amistad no era lo suficiente seria para compensarle. Además aquí en el pueblo, por medio de unos conocidos de su padre, le había surgido un trabajillo en el embarcadero. Era una mezcla de tareas entre vigilante, conservador y restaurador de naves; algo que al menos le permitía sentirse medianamente digno, pues era un hombre orgulloso y aunque joven, se consideraba demasiado independiente. Para sus padres aquélla situación no dejaba de ser triste, sobre todo cuando echaban una mirada a su propia pretérita juventud, tan próspera como lejana.
Pasaron unos años. Una mañana de Julio, estaba leyendo el periódico, cuando vio en la sección de cultura la fotografía de su compañero de la Academia, Adolfo. Resultaba que le habían dado el premio especial de la Escuela por una obra que aparecía reproducida en segundo plano, de una laboriosidad complicada, aunque de una expresividad obtusa e inerte. Pese a sentirse congratulado por el triunfo merecido de su antiguo compañero, algo espeso se removió en él, pues él mismo sabía su valor como artista, quizá más etéreo y menos técnico, pero por ello más genuino.
Enrique era artista, pero el Mundo era mundo y la suerte jugaba sus fichas. Sólo un triste diploma, obtenido con tesón, reconocía a duras penas y con mediocridad su habilidad pictórica. ¿Era aquello justo? Algo muy profundo se reveló en él.
Un día de Agosto al anochecer, tamizada la canícula por una leve brisa crepuscular, hizo acopio de sus carretes, pinturas y lienzos, de sus mejores libros y un par de cuadernos y con un buen equipaje, se despidió y partió a Madrid, de nuevo. Pero el final del trayecto no era la Villa, sino un repentinamente proyectado viaje de vacaciones, que hace meses tenía en mente: Al día siguiente, Enrique partió desde Barajas a Egipto. Allí pasó el verano.
En el mes de Agosto, los bosques de palmeras llamean bajo el sofocante calor, a las dos orillas del Nilo. Hacia las cuatro y media de la mañana, el sol comienza alegre a dorar los paisajes selváticos y las primeras aves entonan caprichosas sus sones. Aquél viaje le devolvió parte de la alegría. Allí aprendió mucho sobre las diferentes gamas de tonalidades, de sombras, figuras y colores. Pero lo más importante es que aprendió a vivir mejor, disfrutando el momento y los pequeños regalos de las horas del día.
Han pasado más de tres decenios. Y con ellos se han difuminado muchos sufrimientos y algunas alegrías. Enrique, huérfano ya, maduro y resignado consigo mismo y con su entorno, vive acomodadamente con Cristina, su hermosa mujer y sus dos retoños adolescentes. En el salón de la mansión, frente a las llamas de un acogedor hogar alimentado por viejas vigas de madera, hechas trozos para la lumbre, Enrique ríe desenfadado por la ocurrencia pueril de uno de sus vástagos. La televisión relumbra en las caras familiares, mientras Cristina lee su revista preferida de modas, embebida en algún artículo y casi ajena a la pobre algarabía familiar. Las vigas arden en el hogar casi risueñas en su crepitar, con una aparente risa sarcástica cargada de ironía expresada en chasquidos entre el fuego. Eran las vigas de la vieja casa familiar, donde siendo niño, urdió Enrique sus primeros sueños de artista. La vieja casa de un viejo pueblo costero, aletargado cabe la colina entre casas encaladas frente al mar.
Pero los sueños duermen y la vida pasa. Progresó Enrique, ganó mucho dinero; se había casado y estaba instalado cerca de Madrid en un buen chalet adosado muy bien comunicado.
Pasó el mar, pasaron los sueños, pasó la vida; y llegó una calma austera y anodina, símbolo del progreso...
Han pasado algunos años. Unas navidades Estela recibió una felicitación de Año Nuevo de su hermano, engalanada en una feliz ilustración de un decorado navideño, en la que se podía leer:
"Mis mejores deseos para el Nuevo Año, ¡que tengamos siempre buena la salud hasta el fin de nuestros días!"
Tu hermano, Diego.
P.D. (Posdata): "Éstos días he vuelto a recordar a papá. Jamás tuvo un contratiempo. Y su muerte tan dulce, ajena al sufrimiento. Tan ajeno estaba que ni pudo darse cuenta.
Respecto a la venta del chalet, me temo que vamos a tener que armarnos de paciencia. Parece ser que se avecina una gran crisis."


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